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Hay veces que no hace falta más que unos minutos de introducción para terminar de entender por qué algunos actores se volvieron iconos del cine. El ejemplo más claro que se me viene a la mente son los primeros segundos de John Wayne en ‘La diligencia‘, donde John Ford nos lo presenta como una figura imponente que se volverá trascendente en la película y, por extensión, en la historia del cine.

Unos pocos segundos que te dejan claro por qué tuvo la carrera que tuvo, incluso aunque parezcan muy sencillos. Un caso similar podría ser el de Gina Lollobrigida, donde puedes encontrar un momento de esos en cualquiera de sus obras. Puedes llegar a entender que se volviera un icono del cine con sólo verla «cantando» mientras limpia una bota en un balcón en su introducción en ‘La ley‘. Ese carisma no se aprende.

Querer ser una paloma

Es uno de esos sencillos pero muy cuidados momentos de la película de Jules Dassin de 1959, que se puede ver a través de Filmin. Después de una brava secuencia ininterrumpida donde su cámara observa un edificio del pueblo italiano donde tiene lugar la acción, ofreciéndonos un repaso claro y rápido de la vida en la región, nos presenta el elemento disruptivo y más deseado que es el personaje de Lollobrigida. En pocos minutos entiendes todo lo que necesitas entender, tanto de la película que vas a ver como de la actriz protagonista.

‘La ley’ presenta un particular poblado italiano marcado por jerarquías. Cada noche en la taberna local los hombres de la zona se reúnen para un particular juego donde uno de ellos al azar se convertirá en el jefe por una noche y tiene permiso para humillar al resto. Un cruel ritual que luego los hombres tratan de compensar desplegando su frustración donde primero pillan, habitualmente las mujeres del pueblo, que se mantiene para alejarse de la realidad donde están continuamente bajo el mandato de un aristócrata local, con dinero más que suficiente para que todos quieran estar bajo su control.

Entre medias se van sucediendo también diversos laberintos amorosos entre varios habitantes del pueblo, incluyendo el personaje de Marietta al que interpreta Lollobrigida, que explora el amor de dos hombres que pueden sacarle bajo el opresivo control del aristócrata. No obstante, más que el amor de un hombre lo que ansía es una libertad que es mal vista en un poblado tan conservador y temeroso de Dios, por lo que no va a aceptar cualquier cosa.

‘La ley’: ilusiones para poder resistir

La película resulta un fascinante ejercicio de tonos, donde tiene cabida el noir al que Dassin está más habituado con películas como ‘La ciudad desnuda‘ o ‘Noche en la ciudad‘ con los géneros más italianos como el neorrealismo o determinada manera de entender la comedia de enredos. Una interesante mezcla producida un poco por la necesidad, al quedar el director vetado de trabajar en Hollywood por su conexión con el partido comunista en la década de los 30.

Una visión que sin duda se traslada a ‘La ley’, exponiendo la jerarquía opresiva marcada por el poder adquisitivo, obligando a los trabajadores a buscar un desquite en forma de juego donde pueden aplicar la ley a su gusto, aunque sea de forma imaginaria y cruel. Son las migajas que les permite quedarse anclados en un lugar como este, del que les gustaría volar cual paloma pero se dan de bruces con su falta de alas.

Dassin nos introduce de maravilla en un ecosistema particular, dejando fascinantes reflexiones mientras explora una serie de personajes complejos, que desarrolla a través de una interesante mezcla de géneros que casan estupendamente. Resulta sorprendente que ‘La ley’ no tenga una consideración mayor que la que tiene, a pesar de su exquisitez, su singularidad y también por un reparto espléndido con Lollobrigida brillando con luz propia. Ciertamente, merece la pena ser recuperada.

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