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La muerte de la joven Mahsa Amini, detenida por la Policía de la moral, conocida por su nombre persa, Gasht-e Ershad o simplemente Ersahd, el pasado 16 de septiembre, ha desatado una ola de manifestaciones en varias ciudades iraníes. Amini fue detenida por la Ershad en Teherán, donde se encontraba de visita, por incumplir las normas de uso del velo de acuerdo a la normativa de la República Islámica. Su muerte ha sido el catalizador de una sociedad con demandas que van mucho más allá del uso del velo o de las libertades de vestimenta de las mujeres en el ámbito público.

Este es el elemento esencial para entender lo que está sucediendo, la sociedad iraní, que es muy compleja y atravesada por muchos clivajes, está experimentando una gran crisis económica, social y política, que ha encontrado en este tristísimo hecho un punto de inflexión.

A nivel económico, recordemos que Irán enfrenta sanciones comerciales y financieras impuestas por Estados Unidos y la Unión Europea debido a su programa nuclear. Esas limitaciones han hecho mella en la economía iraní. Pero los problemas económicos no se derivan solo de factores externos, sino que abundan problemas derivados de mala administración, así como de escándalos de corrupción. Las estadísticas reflejan inflación, devaluación de su moneda, desempleo y estancamiento en su crecimiento. Esta situación afecta particularmente a los jóvenes, que encuentran pocas oportunidades laborales y ven pocas perspectivas de mejoramiento.

A nivel social, por otra parte, la distancia entre las normas establecidas por el gobierno, basadas en una interpretación del Islam, y las de la población no han dejado de ensancharse. Jóvenes urbanos y educados no se sienten particularmente identificados con estas reglamentaciones y, si no fuera por la presión de organismos como la Ershad, seguramente sus interacciones sociales serían distintas, más propias de una sociedad secular.

Las mujeres iraníes, hay que destacarlo, constituyen la mayoría de los estudiantes universitarios a nivel de grado y posgrado, conformando una parte de la sociedad que se ve directamente afectada por estas imposiciones sociales que no se limitan a la vestimenta, sino que afectan otros ámbitos de la vida social. Se trata de un sector altamente formado y educado que se ve limitado por imposiciones externas no deseadas. 

Estas tensiones económicas y sociales se enmarcan en un sistema político cuyos niveles de legitimidad son bajos. El 42% de los electores participó de las últimas elecciones parlamentarias, realizadas en febrero de 2020, al inicio de la crisis del covid, pocas semanas después del asesinato en Bagdad del general Soleimani y el derribo del avión de pasajeros ucraniano por parte de un error de la Guardia Revolucionaria. En las elecciones presidenciales de junio de 2021, la tasa de participación fue del 48%. Los resultados finales indicaron la victoria de Ibrahim Raisi, quien asumió la presidencia en agosto de ese año, que recibió 18 millones de votos, seguido por 3,8 millones de votos en blanco y luego un tercer candidato recibió 3,4 millones de votos. 

Esta escasa participación electoral de la población se vincula con lo que se percibe como un sistema político poco dispuesto a la apertura y a la reforma, sin que los votos sirvan para cambios significativos. Un desencanto total con el sistema político.

Así, en este contexto político, social y económico, la muerte de Mahsa Amini sirve de catalizador de todas las frustraciones de la sociedad.

La respuesta del gobierno iraní ha sido poco dispuesta al diálogo: ha limitado el acceso a internet y ha puesto a las fuerzas de seguridad en la calle. Con pocas informaciones que podamos contrastar se habla de más de veinte muertos en varias ciudades iraníes. 

Las opciones que vemos acerca de la evolución de la situación son dos: Por un lado, que el gobierno solo pretenda volver a la calma social, calma superficial, de la semana anterior a través de evitar que los manifestantes ocupen el espacio público, con distintos niveles de represión. Por otro lado, que tome medidas que respondan a las demandas sociales, ya sea reforma o disolución del Ershad, aceptación de cambios de comportamiento social aceptados, o incluso reformas profundas del sistema político.

Mientras más se centren las respuestas en la primera opción más distancia se manifestará entre gobernantes y gobernados. La opción de fondo es reflejar representatividad social o asegurar la propia continuidad del sistema político. No tiene nada que ver con conspiraciones externas antiiraníes, sino con decisiones propias de la sociedad y el gobierno iraníes.

La sociedad iraní se ha modificado y desarrollado a lo largo de más de cuatro décadas de República Islámica, el desafío es que el sistema político refleje esos cambios.

*Docente e investigador. Director del Programa Medio Oriente de la Escuela de Política y Gobierno de la Facultad de Ciencias Sociales (UCA).

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