“En los hospitales vemos tensión y dolor, y afuera es como si no pasara nada”: relatos de agentes de salud en Córdoba

En mayo de 2020, a poco de iniciada la pandemia, un radiólogo, una enfermera y una médica terapista que ya trabajaban con pacientes con coronavirus, contaban a La Voz los complejos desafíos que enfrentaban.

A un año, los buscamos nuevamente para que nos cuenten cuánto había cambiado desde entonces su mirada sobre la pandemia y la realidad que enfrentan cada día.

Lo que decían hace un año: testimonios adentro de hospitales y clínicas

Pasaron, sin escalas, de la expectativa e incertidumbre por lo que se venía, hace un año, al agotamiento actual en el contexto de un sistema sanitario al borde de la saturación.

Terapias a “cama caliente”

“Este año hemos tenido tantas situaciones que no entran ni en varias vidas”, sentencia la médica terapista Yanina Recuerdo (37). En los últimos meses el panorama se agravó y en las terapias intensivas se ve la peor cara del virus.

“Uno pone todo y usa todas las drogas y equipos, pero los recursos disponibles se van a acabando y esta enfermedad desgasta tan rápido a muchos pacientes, hay organismos que se terminan transformando en algo muy frágil”, detalla Yanina. Trabaja, como hace un año, en el hospital Tránsito Cáceres de Allende y coordina la terapia intensiva de una clínica privada, en Córdoba capital.

Esta segunda ola, a diferencia de la primera, afecta también a personas más jóvenes, de entre 40 y 60 años, que desarrollan cuadros graves. “Tenemos muchos pacientes sin antecedentes de enfermedades, con el pulmón destruido, con fallas en los riñones, con anemias severas, con trombosis”, agrega angustiada.

Yanina Recuerdo, médica terapista, en su puesto de trabajo (Gentileza Y. Recuerdo)

Otro drama en evidencia es la lenta recuperación y las lesiones que quedan para quienes reciben el alta clínica luego de salir de terapia. Una persona que estuvo 15 días intubado se enfrenta a una rehabilitación lenta y a posibles lesiones invalidantes, detalla sin eufemismos.

“Después de ver todo eso, cuesta volver a la normalidad”, reconoce Yanina.

Las terapias –cuenta– funcionan a “cama caliente”: si una cama se desocupa, en menos de dos horas vuelve a ocuparse. Terapias llenas y con todos los pacientes con respiradores plantean un escenario que Yanina nunca había visto antes e implica afrontar situaciones extremas, cada día, de forma permanente. Ese no era un escenario imaginado hace un año.

“Es totalmente distinto al año pasado; además encuentra ahora a un equipo de salud agotado, debilitado, con signos de burnout (síndrome de “cabeza quenmada”)”, asegura la terapista.

Le tocó atravesar, en su equipo, una situación de alto impacto en el grupo: la muerte de un médico compañero de trabajo.

El cansancio por las horas trabajadas continuadas, sin licencias porque no hay personal de reemplazo y expuestos a situaciones límites implica un alto nivel de estrés permanente, que no termina con cada larga jornada laboral. Yanina reconoce que le resulta muy difícil desconectarse cuando sale de la clínica. “A punto de que ya no me atrevo ni a silenciar el teléfono en las horas de descanso”, admite.

“El panorama actual es muy dificíl; desde la kinesióloga al personal de limpieza, todos, contamos los días para que esto se termine”, agrega Yanina.

Pese a tanta adversidad, asume que esta experiencia representa un gran aprendizaje en lo profesional. Y no se va sin remarcar “la luz de esperanza que representa la vacunación”.

“No somos superhéroes”

“Somos gente de carne y hueso, no superhéroes. Estamos muy cansados y no nos está yendo nada bien, porque hay muchas muertes, y por ahí vemos que estamos perdiendo la batalla”. La descarnada confesión es de la enfermera Gabriela Cuello (30), después de 15 meses de trabajo extenuante y sin respiro.

Gabriela Cuello, enfermera del hospital San Roque (gentileza G. Cuello)

En el inicio de la pandemia, el panorama era distinto y sobraban interrogantes sobre lo que vendría. Definitivamente, la foto actual es “más desalentadora de la que se hubiera imaginado”, confiesa Gabriela. En ese momento, el colapso del sistema de salud se veía por los medios por lo que pasaba en Europa. Pero esa situación extrema está ahora instalada en Córdoba.

Gabriela se desempeña en el Sanatorio Parque, de barrio San Vicente, y en el hospital San Roque. En ambos, en terapias intensivas colmadas por pacientes Covid. La mayoría del personal –cuenta– trabaja en dos lugares. La precarización laboral obliga al pluriempleo, desde hace años.

“Al principio, cuando empezamos con esto, estaba más tranquilo. Ahora es increíble como creció el número de internados, tenemos mucho trabajo”, agrega. El pico de saturación se da hace unas semanas: “Se desocupa una cama y ahí nomás entra otro paciente”, relata.

Gabriela Cuello, en las salas de terapia para coronavirus.

“No me arrepiento de estar acá, pero es muy duro; llegan pacientes muy complicados, el virus es más resistente, pega más fuerte, y son muy pocos los que pasan por terapia y reciben el alta”, añadió.

“Todos estamos en la misma, pero nosotros estamos en la cancha. Y estamos muy cansados. Y nos cansa y desalienta también ver que la gente no está cumpliendo con las restricciones”, apunta Cuello.

“Dos realidades paralelas”

“Esperábamos que esta segunda ola fuera más leve, pero fue al revés, ha sido mucho peor que la primera”, apunta Juan Rojo (52), licenciado en Producción de Bioimágenes que trabaja en el hospital San Roque. Destaca como positiva la experiencia adquirida, que hace sentirlos seguros, con protocolos ya naturalizados, más la protección de la vacuna colocada.

“Es un año y te vas acostumbrando. Pero nunca te acostumbras a ver el sufrimiento de la gente; es una enfermedad muy cruel, el paciente internado tiene que estar solo, lejos de su familia”, comenta.

Juan Rojo, especialista en diagnóstico por imágenes en el San Roque (Gentileza J. Rojo)

El San Roque habilitó una tercera terapia intensiva, por la alta demanda. “Todos los pisos de internación tienen respirador”, señala Juan. Ese incremento desencadenó el aumento de prácticas de diagnóstico por imágenes y en su tarea cotidiana dice comprobar que se agravaron los cuadros clínicos.

“Cuando estaba empezando, hace un año, sabíamos que sería una situación dura, por lo que veíamos de otros países. Pero recién cuando llegó con virulencia uno toma dimensión de lo que representa esta pandemia”, reconoce.

Juan Rojo, en la rutina diaria, con protocolos sanitarios.

“El año pasado la gran mayoría de la gente internada era de la tercera edad, después comenzaron a ingresar personas más jóvenes con problemas de obesidad u otra patología, pero ahora ya se ve mucha gente joven, sin patologías o que no sabían que las tenían, y se hizo todo más impredecible”, señala.

Juan dice sentirse en dos realidades paralelas: “En la guardia ves el sufrimiento de pacientes y de familiares y la tensión del personal. Pero te vas y ves que mucha gente sigue haciendo la suya, con fiestas y todo lo que sabemos”, razona y reclama.

Fuente – La Voz del Interior

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