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La sensación fue generalizada: el tiempo pasaba con mayor lentitud durante los peores momentos de la pandemia. La confirmación científica de esa percepción de monotonía, resumida en la apariencia de que todos los días eran iguales, llega gracias a un estudio de la revista Nature que recopiló datos de nueve países y el trabajo de 2.500 personas durante los picos del confinamiento.

Los investigadores centraron sus preguntas en los efectos del aislamiento sobre la autopercepción, la toma de decisiones, el sueño, la atención y la memoria. Así, encontraron que quienes se sentían más solos experimentaban una sensación de mayor distancia con respecto al futuro, una relación que se intensificaba entre los más jóvenes. En líneas generales, todos los entrevistados subestimaron los tiempos largos y sobreestimaron los cortos, lo que sin dudas ayudó al crecimiento de los niveles de ansiedad registrado en centenares de trabajos.

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El reporte de Nature tiene un título sugestivo: La base de datos Blursday como un recurso para estudiar las temporalidades subjetivas durante el COVID-19. Junto a neologismos como “covidiota” (empleado para denostar a quienes subestimaban o negaban los efectos del coronavirus), ese término intenta describir la atmósfera enrarecida de aquellos días. “No es ni lunes ni martes, es un blursday”, metaforiza Rodrigo Laje, uno de los dos científicos de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ) que participaron del estudio.

A diferencia de otras investigaciones, esta “tiene el valor de cuantificar experiencias subjetivas y objetivas de personas que transitaron la pandemia con diferentes culturas y construcciones de sentido”, resalta la agencia de noticias de la UNQ. Laje cree, de hecho, que se trata del equipo más grande en encarar un trabajo de este tipo. Para desgracia de los entrevistados, y fortuna de los entrevistadores, el contexto resultaba ideal. “Todas las personas en una situación experimental imposible de reproducir”, se sincera el investigador.

JL PAR

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