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Detener la caída

Para construir una nueva esperanza, siempre es necesario partir de una descripción objetiva de la realidad que empatice con el sentimiento social. La evidencia estadística y la percepción ciudadana parecen unirse en una definición: hace tiempo que venimos cayendo. Detener la caída, entonces, ya es empezar a mejorar.

La rigurosidad de los hechos nos obliga a ser optimistas sobre el presente, y aun mucho más sobre el futuro. Basta advertir los datos actuales sobre la expectativa de vida de la población mundial; la disminución de los índices de mortalidad infantil o de muertos como consecuencia de conflictos bélicos; la superación científica de enfermedades antes terminales, o el cúmulo de bienes y servicios contabilizados para considerar a una persona bajo la línea de pobreza, para corroborar que el mundo avanza.

La inmediatez y la transparencia con las que viaja la información por el planeta ante cada episodio de autoritarismo van configurando una opinión pública mundial que influye cada vez más en el resguardo del derecho de las personas. Claro está, en un mundo muy complejo, cuyos avances tienen sus respectivas contracaras, con nuevos grandes desafíos, dentro de los cuales se destacan el riesgo ambiental y pandemias como la que nos toca vivir debido al precipitado avance del hombre sobre los hábitats naturales.

En términos relativos, nuestro país es uno de los pocos casos en el mundo que año tras año involuciona. Y no se trata de remitirnos a comienzos del siglo 20, a una Argentina en formación que prometía ser potencia mundial, cuando los diccionarios nos describían como el país que amenazaba el liderazgo de Estados Unidos o de Europa.

Basta sólo con remontarnos unas cuantas décadas, salir de las percepciones y ajustarnos a la evidencia: el crecimiento de la pobreza fue sistemático, y exponencial en las últimas décadas; la inflación, persistente y sostenida; el déficit del Estado, como única política constante durante más de 50 años, refleja nuestra incapacidad de producir siquiera lo mismo que consumimos.

El gasto público tuvo una aceleración inaudita en los últimos años: insume casi el 50% del producto interno bruto. Sin embargo, no ha logrado detener la estampida de la indigencia, del desempleo y de la pobreza.

Planificación integral

La provincia de Córdoba no escapa a esa realidad y, pese a su matriz productiva, industrial y universitaria, termina en el devenir de sus años con la primarización de la economía, la cristalización de las desigualdades y sin desplegar su inmenso potencial de desarrollo.

Nuestra ciudad de Córdoba es un caso particular. En las primeras dos décadas posteriores a la recuperación de la democracia, picó en punta y llevó adelante exitosas políticas públicas que la pusieron a la vanguardia de las ciudades argentinas y de Latinoamérica. Las ordenanzas de uso del suelo de 1985, que anticipaban un plan urbanístico; la decisión de incorporar al río Suquía en la gran obra vial de la Costanera, o las modernas políticas de transporte que llegaron a incluir sistemas de trolebuses de impulsión eléctrica son sólo ejemplos de los primeros pasos.

A eso le siguieron un proceso de descentralización operativa, con la creación de los centros de Participación Comunal (CPC); políticas ambientales pioneras; el primer gran circuito de ciclovías; la sanción de una Carta Orgánica modelo del constitucionalismo municipal, y la creación de una agencia de participación pública y privada (Adec), sólo por nombrar algunas decisiones. Todas ellas permitieron que Córdoba tomara la delantera, se despegara de un contexto nacional y se exhibiera como ejemplo.

Ese proceso local definitivamente se vio interrumpido a finales de la década de 1990 para dar inicio a un derrotero de políticas erráticas que fueron configurando una propia y particular caída de la ciudad.

El crecimiento exorbitante de la planta de personal, el atraso burocrático, la expansión de la mancha urbana, el no aprovechamiento del potencial académico, profesional y privado o el deterioro de los cuadros técnicos de gestión definieron un proceso de involución. Desde ahí comenzamos a caer y venimos cayendo.

¿Cómo detenemos la caída?

Junto con mi equipo, escribimos el libro Detener la caída, aportes para gestionar y dejar de improvisar en Córdoba. Analizamos algunas aristas de la ciudad, investigamos, aportamos datos estadísticos sobre su estado actual y los contrastamos en función de parámetros internacionales. Incluimos aportes e investigaciones de actores de prestigio que, a lo largo del tiempo, fueron analizando los principales problemas de Córdoba, y lanzamos algunas propuestas.

Procuramos hacer un aporte concreto que sirva para comparar, discutir diagnósticos y políticas públicas por fuera de apreciaciones subjetivas o de relatos de coyuntura.

La ciudad no admite más improvisaciones. Necesita que avancemos en la planificación integral pensando en el futuro.

* Dirigente de la UCR Córdoba

Fuente – La Voz del Interior

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