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Si como decía Karl Marx la historia se repite primero como tragedia y luego como farsa, el domingo 8 de enero los seguidores del expresidente brasileño Jair Bolsonaro decidieron protagonizar una copia grotesca del asalto al capitolio estadounidense de 2021. En efecto hordas de desencantados con el triunfo de Lula da Silva en las elecciones presidenciales intentaron generar el caos necesario para una intervención militar.

Lo que ocurrió en Brasilia es preocupante por muchos motivos. Lo primero es la desaparición de una oposición programática. Tanto en el caso de los Estados Unidos como en Brasil, la protesta no fue para oponerse a un aspecto puntual de la agenda del mandatario entrante; sino que fue en contra de la posibilidad de que asuma el candidato al que no habían votado. La noción de democracia incluye aceptar el resultado del proceso electoral no solamente cuando nos es favorable, sino sobre todo cuando no lo es. La posibilidad de que se expanda la utilización de este tipo de acciones para impedir que asuma un candidato es muy preocupante.

¿Quién será el arquitecto de la reconstrucción mundial?

Asimismo, y a diferencia del caso estadounidense, en el caso brasileño hay evidencia de colaboración de parte de las fuerzas de seguridad. Aunque las responsabilidades deberán ser establecidas, la posibilidad de que incluso haya altos
sectores de la clase dirigente y empresarial involucrados es gravísimo. El gobernador del distrito federal, Ibaneis Rocha, ya fue suspendido. Aunque el resto de los gobernadores terminaron la jornada apoyando a Lula, la política brasileña podría entrar en un cono de sospechas cruzadas alarmante.

Por último, lo ocurrido obliga a Lula a cambiar el eje de su administración. El flamante presidente en su discurso inaugural se mostró firme en su denuncia de los excesos del bolsonarismo pero a la vez transmitió un mensaje de unidad. Tal vez
ahora Lula se vea obligado a mostrar firmeza para reestablecer su autoridad e intentar desterrar el autoritarismo de las fuerzas de seguridad, polarizando al país más de lo que ya está y distrayendo a su gobierno de las prioridades de política que planteó en su inauguración.

Interrogantes tras la densa trama de los ataques en Brasilia

La buena noticia es que varias de las instituciones políticas actuaron con mucha celeridad en defensa de la institucionalidad, sobre todo el Supremo Tribunal Federal. Asimismo, lo ocurrido en Brasilia posiblemente debilite políticamente a Bolsonaro. Muchos de sus votantes moderados podrían alejarse. Adicionalmente, sus ambiguas declaraciones de repudio a los hechos lo desdibujan frente a propios y extraños.

Pero no deberíamos cantar victoria. El liberalismo político se encuentra en crisis en el mundo, donde la institucionalidad se ve amenazada por discursos intolerantes y basados en falsedades. Ojalá que las clases dirigentes de Brasil y de la región estén a la altura, abroquelándose en defensa de la democracia liberal y aislando a los discursos extremistas.

(*) Director de la carrera de ciencia política, Universidad Torcuato Di Tella

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