Aprender y trabajar caminan de la mano

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Mayo se inicia homenajeando al trabajo. No son los mejores tiempos para quienes lo perdieron, temen perderlo o trabajan en condiciones no dignas, con salarios paupérrimos y sintiendo día a día la pérdida progresiva de la dignidad.

¿Se puede hacer algún aporte desde la psicopedagogía?

Nunca atendí a pacientes con problemas laborales, sino a niños y adolescentes con problemáticas de aprendizaje. Pero pensando que el aprender atraviesa toda nuestra vida, empezó a hilvanarse algún sentido.

Aprender es el primer trabajo del ser humano, donde se pone en juego lo corporal, lo cognitivo y lo deseante.

Y así fue aprender a caminar, a andar en bicicleta, a leer, a escribir, a resolver problemas… Las capacidades, los instrumentos nada logran si no se articulan con el deseo.

El deseo de aprender garantiza que el trabajo sea posible. Sabemos de ciegos, parapléjicos, personas con síndrome de Down que desafían cualquier pronóstico y cursan carreras terciarias y universitarias.

La aparición de esa voluntad de aprender es clara. Hay una pulsión de saber que se asoma con los primeros porqués y es universal.

El deseo de trabajar no es ni tan claro ni tan general

Hay “vagos”, hay “esperadores de herencias”, hay apostadores al juego de azar, como si la vida fuera una raspadita o un “siga participando”.

La infancia y la adolescencia son tiempos para aprender que las conductas tienen consecuencias. Que no da lo mismo estudiar para zafar que para aprender. Que la especulación con las notas no siempre es exitosa. Que “ponerse las pilas” en octubre no alcanza. Que trabajar con autonomía es un logro.

El nivel medio y superior son trabajosos: muchas materias, muchos docentes, cada uno con su particular manera de enseñar y vincularse. Hay que acomodar estilos, exigencias. Hay que cumplir con fechas, con evaluaciones. En fin, un trabajo.

Si hacemos un exceso de generalización, de esa larga trayectoria escolar llegará al mundo del trabajo rentado:

Un adolescente o joven protagonista, autor, activo, creativo, con sueños, con proyectos, con facilidad de vincularse con otros, conocedor de sus derechos y obligaciones; o

Un sujeto pasivo, acostumbrado al mínimo esfuerzo o a que el esfuerzo lo haga otro, sin haber experimentado la frustración de no saber y la alegría de aprender desde el error o la satisfacción de la tarea cumplida.

Recibirse de hijo, dejando de serlo, haciéndose cargo de la propia vida, es casi indispensable para que una vez en el mundo del trabajo no pongamos el lugar que nos lo brinda en posición de madre contenedora y de padre proveedor.

El prototipo es ese empleado demandante, quejoso, sin iniciativas y, lo que es peor, sin sueños.

Cada institución tiene un techo para crecer. “Hasta aquí llegué”, se suele escuchar. ”No hay posibilidades de ascenso para mí”.

Y esa es otra decisión. Me quedo porque el techo no me molesta, o vuelo hacia otro lugar. Los vuelos son riesgosos, pero siempre es mejor, si lo hago, reconocer todo lo aprendido en las institución de despegue (familia y escuela).

Es común escuchar que urge refundar la cultura del trabajo y que para ello necesitamos un Estado creíble, confiable, que genere puestos de trabajo dignos para salir de la cultura del asistencialismo y el subsidio.

Una familia trabajadora y con proyectos, y una escuela que, corriéndose del enciclopedismo, apunte a la autoría, al protagonismo, a la construcción, a la investigación y a gestar ciudadanos activamente comprometidos con la vida.

El trabajo dignifica, y tanto más cuando el HACER se acerca al SER. Cuando trabajo en lo que me gusta, se honra la vida.

La posición frente al trabajo ya se perfiló en la escuela, donde para el trabajo de aprender hay quienes optan por el mínimo esfuerzo (sólo para aprobar) y quienes eligen profundizar y ser autores del crecimiento personal.

Estos últimos tienen más posibilidades de lograr la independencia laboral o de asumir el empleo dejando marcas significativas en sí mismos y en la sociedad.

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