En el deporte, la ley no es pareja

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El pasado lunes 26 de abril la Confederación Argentina de Atletismo informó que no había sido autorizada por el Gobierno nacional para ser sede del Campeonato Sudamericano de Mayores, previsto para el 14, 15 y 16 de este mes en Buenos Aires, “debido a la grave crisis sanitaria nacional, que se ha agravado y que no se espera que se solucione a corto plazo”. Tampoco se le permitió mudar la sede a Concepción del Uruguay (Entre Ríos).

La negativa para el deporte madre llegaba mientras Platense-Platense y Gimnasia-Newell’s cerraban en Vicente López y La Plata la 11ª fecha de la Copa de la Liga Profesional de Fútbol. Justo en dos ciudades pertenecientes al Amba, donde días más tarde el presidente Alberto Fernández precisaría que “la situación epidemiológica es crítica”.

Algo de lógica a la medida se podía encontrar cuando informativos nacionales dejaban trascender las nuevas restricciones que el Gobierno nacional anunciaría para frenar la escalada del Covid-19 en el país. “Suspender el fútbol AFA”, se decía por entonces.

Pero eso no pasó. Y mientras la pelota siguió girando, o la naranja siguió picando para definir los finalistas de la Liga Nacional o continuar con la disputa de la Liga Argentina y el Torneo Federal en el ascenso –porque el básquetbol tampoco se frenó–, el Gobierno se despachó con nuevas medidas que atentan nuevamente contra el deporte amateur: la suspensión de las ligas federadas no profesionales.

La pregunta es qué diferencia hay, en cuanto al riesgo de propagación del Covid, que se enfrenten 22 jugadores en una cancha de fútbol a que lo hagan 22 con palo y bocha en una cancha de hockey. O si es más riesgoso que cada atleta que pretende sumar puntos para el ranking que le permita clasificarse a los Juegos Olímpicos de Tokio salte y lance en su turno, o que se dispute una carrera con carriles diferenciados para cada corredor en un estadio abierto a que 10 basquetbolistas se enfrenten en un polideportivo cerrado utilizando el mismo elemento.

En Córdoba el justificativo a la medida fue la necesidad de que exista la menor movilización de gente posible, basándose en dos variables: el desplazamiento de los equipos hacia el punto de disputa de la competencia y la generación de público. Pero, ¿acaso el fútbol no permite el ingreso de allegados? ¿No deben trasladarse los equipos y venir a Córdoba rivales provenientes de zonas tan o más complicadas que la provincia, o viceversa?

El descontento por las medidas tomadas el fin de semana se hizo sentir en el deporte amateur de Córdoba y de todo el país. Y las críticas se sintieron, por ejemplo, en Rosario, con padres de niños que mientras se enteraban de la suspensión de las clases presenciales en su ciudad veían inundarse las calles con hinchas que hicieron un masivo banderazo antes de la disputa del clásico entre Central y Newell’s el domingo.

Aunque la indignación que generó ver a la Policía protegiendo el paso de los futbolistas y no actuando ante semejante manifestación sin distanciamiento ni cuidados superó los límites rosarinos.

Pero el fútbol no se toca.

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