De la hibernación a una economía en zigzag

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Fue hace un año. El coronavirus estaba en su primera fase y las vacunas eran un bosquejo cuando el presidente Alberto Fernández apeló a la metáfora de la hibernación. Explicaba así lo que, a su entender, iba a ser la administración de la cuarentena en esta parte del mundo.

Con un optimismo forzado, su comparación giraba alrededor de la siempre seductora idea de un líder al frente de un Estado protector, capaz de cuidar a sus plantígrados habitantes y al (raído) bosque al que volverían.

Pero la salida de las cuevas implicó, para la mayoría, encontrarse con un entorno yermo: más pobreza, más desempleo e informalidad, menos poder real de compra y las incertidumbres de siempre, solapadas con la situación sanitaria.

Ese paisaje, disimulado meses atrás por la angustia generada por la pelea desigual contra un nuevo virus, cobra ahora la real dimensión que tiene.

A esta altura de la pandemia, con la segunda ola en plena evolución, ya no se habla de volver a hibernar. En un año cruzado por elecciones legislativas, nadie quiere pagar los costos políticos y económicos de una medida de ese tenor.

Pero los pocos renglones felices en la gestión de las vacunas son inversamente proporcionales a las chances de implementar uno o varios shocks de aislamiento.

Sin rodeos, Guillermo Oliveto, de la consultora W, cree que “vamos a tener un invierno muy duro” en el mix salud-economía. Habla de la persistencia de una mamushka de incertidumbres en las que se apilan la pandemia, las restricciones, las vacunas, la inflación, el empleo y el consumo.

Superado el primer cuatrimestre, las complejidades que ya incuba 2021 podrían derivar en zigzagueos que desafían la altura final que tendrá el denominado efecto rebote, gestado en el arrastre estadístico del producto interno bruto (PIB).

De hecho, algunos analistas creen que el techo podría estar más cerca de lo esperado. Algo de eso advierte el economista Andrés Borenstein, de Econviews, la consultora que lidera Miguel Kiguel.

Argumenta que en febrero la actividad tropezó y que, si bien marzo mostrará buenos números, abril ya no. De ahora en más, todo queda a merced de la disponibilidad de vacunas, la velocidad para aplicarlas y cómo se entreteje eso con las restricciones.

“Como viene la mano, el segundo trimestre será bastante flojito; con suerte, la cosa puede levantar en julio”, opina.

Si el nivel de actividad entra en esa dinámica de subibaja, será dificultoso aumentar la producción, con el impacto que eso tiene en una economía inflacionaria, incluso cuando el consumo siga encorvado y con la cabeza gacha en su peregrinación negativa.

En esencia, esto significa que 2021 será mejor que 2020, lo cual no quiere decir que sea un buen año, y con el riesgo de que, al final, termine un poco peor que lo previsto en el arranque, cuando la mayoría de las actividades había vuelto a prender casi todos sus motores.

Esa hipótesis no hace más que retroalimentar una fuerte brecha de expectativas, que se manifiesta en movimientos palpables, como el despertar de las cotizaciones paralelas del dólar, en especial la versión blue, que al mover un volumen de dinero cada vez más pequeño (los hogares con capacidad de ahorro son una minoría en proceso de achique), levanta temperatura mucho más rápido que antes.

El fenómeno aumenta los interrogantes sobre lo que pasará cuando se reglamente el alivio en el Impuesto a las Ganancias y el beneficio se vea finalmente en los bolsillos de una porción de los trabajadores formales.

¿Ese plus de ingresos irá al consumo, como sueña el Gobierno, que multiplica anabólicos, como el congelamiento de precios de algunos electrodomésticos, o se acurrucará bajo el manto del dólar informal?

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