En la voz de Milva vivió la pasión y la libertad

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Aquel show era un doble desafío: el tango moderno piazzolleano, tamizado por el decir europeo de la sublime “Rossa”. El concierto dividió al público, pero no a los incondicionales de ambos artistas que llenaron el Opera, sino que enfureció a los tangueros que no admitían que otra “tana” se apropiara de esa música. Esa misma noche, por obra del azar, del otro lado de una Corrientes todavía ancha y luminosa, Susana Rinaldi daba su propio recital en el Astral. Los ortodoxos no toleraban, por ejemplo, que Milva arrastrara la “r” de “pájaros” en “Los pájaros perdidos”, ni que una intérprete nacida lejos de esta tierra actuara un sentimiento –decían– ajeno a ella. Tanto peor para ellos, porque quienes entonces se negaron a verla se perdieron a una artista de excepción, en cuya voz convivieron todos los sentimientos, todas las músicas, todas las pasiones.

A los 81 años, el sábado a la madrugada, se fue Milva. Hacía ya once años que no cantaba pues cuando comenzó a advertir un deterioro de su voz, producto de la enfermedad que la inmovilizó en su casa de Milán en los últimos años de su vida, prefirió alejarse de los escenarios. Nacida como Maria Ilva Biocati en el pueblo de Goro, región de Emilia-Romagna, debutó en 1960 en el Festival de San Remo pero, a diferencia de otras cantantes de aquella riquísima década de los 60 y 70 italianas, como Mina e Iva Zanicchi, el canto de Milva tuvo un alcance más europeísta, más enrazaido en los cantos de la libertad de todo el continente, y en especial en la adaptación al italiano del repertorio alemán de los ciclos de canciones de Bertolt Brecht, con música de Hans Eisler y Kurt Weill. Esta elección provino de la convocatoria que le hizo Giorgio Strehler al Piccolo Teatro de Milano, donde estrenaron juntos en 1965 el espectáculo “Milva canta a Brecht”, que no sólo terminó recorriendo el mundo sino que sus grabaciones y regrabaciones la convirtieron en estrella internacional. “Moritat”, “Jenny dei Pirati”, “Surabaya Johnny”, “La ballata de María Sanders”, “La donna del soldato nazista” y tantos otras canciones sólo conocidas hasta entonces en su versión alemana empezaron a ser aún más familiares en ese italiano tan carnal, tan dulce y a la vez aguerrido, con el que Milva las interpretaba.

Ese repertorio la condujo, no mucho después, a grabar las “Canciones de la libertad”, un compilado de temas libertarios clásicos del mundo que incluyó desde el “Bella Ciao” a “Los cuatro generales” (que provocó su prohibición en España durante el franquismo), de “Addio Lugano Bella” a “La cucaracha”, e inclusive, con letra antinazi, el “Horst Wessel Lied” del Tercer Reich, que entonces sonó por primera vez como un himno contra el totalitarismo y la muerte. Su posterior llegada al tango de la mano de Piazzolla, al igual que a versiones de numerosos temas que nada tenían que ver con esa marca libertaria sino con el intimismo, fue una elección suya para que dejaran de encasillarla en el repertorio que la hizo famosa, pero con el que no quería repetirse. Grandes compositores del siglo pasado, como Luciano Berio, Mikis Theodorakis y Vangelis, contaron con ella en discos y conciertos.

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