Diario de familia

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Enero: algo raro ocurre en casa. Desde hace tiempo mamá está distraída. O cansada, o algo. De pronto se queda mirando a lo lejos y me toca la cabeza como con lástima. No es la de siempre. Creo que está enferma, porque a cada rato va al baño y vomita.

En cambio, papá está superactivo; vuelve del trabajo más temprano, le da besos a mamá y la mira como hacía conmigo cuando yo era (más) chico. No es Covid; esto es otra cosa.

Marzo: mamá ya no vomita, pero sigue alterada. Duerme mucho, come montañas de helado y chocolates y tiene la panza hinchada. Sin embargo, se la ve contenta. No como cuando decía que yo era “el hombre de su vida”; contenta distinto. Papá sigue inquieto. Compra cosas, cocina y dijo que va a repintar mi pieza (que no uso, porque sigo durmiendo con ellos).

Hoy piensan contarme algo importante. Seguro que es que “coma verduras y frutas, que estoy reflaco”. Veremos.

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Mayo: la situación es confusa. Mis papás insisten con la idea de que adentro de la panza de mamá hay una hermanita. Nadie me explica cómo llegó ahí, porque “con tres años” no voy a entender. Estoy preocupado; tres era perfecto… ¿para qué otro más?

Los abuelos dicen que “es para que tenga alguien con quien jugar”. Y que la tengo que “querer y cuidar mucho”. Soy inmaduro para eso. Además, mi tía opina que como “hermano mayor” debo dejar de tomar leche en biberón. Ni loco; soy chico para ser tan grande.

Agosto: estoy en casa de los abuelos esperando a mis papás. Fueron a buscar a la hermana al hospital. ¿No estaba en la panza? Hoy volvieron con algo chiquito envuelto con mantas, que no se parece en nada a una hermana. Es casi como nosotros, pero totalmente inútil. Tiene los ojos cerrados, no habla, no camina… nada de lo que yo esperaba.

Está todo el día en brazos de mamá y a veces se prende al pecho “para comer”. Nunca vi algo así, tan dependiente. Ya pasaron muchas semanas y la inútil sigue sin saber jugar, salir al patio o comer un asadito.

Si querían otro hijo, podrían haber buscado algo más crecido. Mientras tanto, acá estoy yo, con el camión de plástico que ella me “regaló”, sin poder acercarme porque “se puede enfermar”. Alguien debería explicar todo esto antes.

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Octubre: la inútil crece a gran velocidad. No juega conmigo, pero por lo menos ahora hace ruidos graciosos y se ríe a carcajadas cuando la asusto. Vino fallada en la boca, porque no se le ven dientes y babea todo el tiempo. Un asco. Ayer le pusieron muchas vacunas; fue divertido verla llorar.

Noviembre: mamá volvió a la oficina y nosotros a la guardería. La inútil sonríe, porque no se da cuenta de nada. Yo no. Es una etapa difícil de mi vida, pero entiendo que mis papás trabajan por nosotros.

Diciembre: mi hermana tiene fiebre. Nos dimos cuenta a la madrugada porque dormimos los cuatro juntos. La revisaron; no es grave y se va a curar tomando unas gotas. Mejor así, porque ya no me parece tan inútil; no quiero que la devuelvan. Es divertido cuando gatea, abre todos los cajones y me sigue.

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Ahora entiendo: a mis papás les fue bien conmigo y quisieron repetir.

Estamos bien.

Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado el 4/04/2021 en nuestra edición impresa.

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