Ofertas engañosas

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La vida cotidiana es una lucha muy despareja: es uno contra el mundo, contra el sistema solar, las constelaciones, el universo, los agujeros negros y con tener que hacer las compras. Y después de tantos años uno ya les conoce todas las mañas a los empresarios: te achichan el paquete, te cambian el envase, disminuyen el peso, la cantidad, pero lo hacen con una sonrisa publicitaria digna del mejor dentífrico, con gente linda y buena que te lo vende, que está sonriente y contenta porque no compra esos productos que anuncian.

Veamos algunos ejemplos: el papel higiénico. Desafío a cualquiera a que intente comprar el mismo paquete durante 6 meses. Imposible. Les cambian el largo, 30 metros, 44,6 metros, o el envase express: 70 centímetros. ¿Adónde fueron a parar los 74 metros que solían tener cuando yo era chico? ¿Quién nos robó todos esos kilómetros de papel higiénico? ¿El FMI?

Y te cambian el color: más blanco, más gris, con crucigramas. Les cambian la textura: lija suave, algodón raspante y caricia de Mamut. Cambian, y lógicamente, cambian el precio, lo encarecen y al final, incluso con el satinado, sentís un dolor en la “zona de aplicación”.

Y una nueva: ahora ya no te dicen cuántos metros tiene el rollo, sino que te dicen cuántas hojas tiene… ¡y andá a calcular si es más o menos! Señores: no me digan cuántas hojas tiene: Estoy comprando pelpa higiénico, no estoy comprando un cuaderno o un libro, ¿ok?

Otra razón que dificulta la comparación de precio y calidad: simple hoja, doble hoja, hoja canson… ¡No puede haber tantas variantes a la hora de elegir el producto más descartable del mundo! Hagan uno para todes y todes para uno.

Lo mismo pasa con el papel de cocina. Con un agravante. Sacan un producto y dice en el envase: “Ahora más blanco”, Y al mes sale un nuevo envase que dice: “Ahora más absorbente”. Y al mes sale un nuevo producto que dice: “Ahora extra súper absorbencia”. Y están los productos uno al lado del otro en la góndola, lo que significa que el producto original, que era menos blanco, menos absorbente, y mucho menos extra súper absorbente… era una porquería de producto. ¿Por qué no sacaron el producto bueno de entrada? ¿Estaba en fase clínica III? ¿No había sido probado en humanos? (De paso: ¿por qué más blanco es mejor? ¿se nota más la mugre?)

Yo creo que alguna vez deberían decirle al consumidor la verdad:” Ahora en nuevo envase, igual, pero más caro”. Y yo capaz que te lo compro por la sinceridad. “Es más chico el envase, pero rinde igual”. Efectivamente: a la empresa le rinde igual, o más.

Y como si fuese poco, muchos súper tienen la política de cambiarte las cosas de lugar cada dos por tres, para confundir tu memoria visual. Y ponen el tomate más caro donde antes estaba el arroz más barato, o ponen la mesa de ofertas donde antes estaba el champán, y el consumidor de memoria frágil termina llevando sidra para Pascuas y huevos de chocolate para Navidad.

¿Por qué cambian los productos de lugar? ¿Hubo algún brote sicótico de los fideos por estar todo el tiempo al lado de los porotos? ¿Alguna galletita se quejó del frío que hace frente a la heladera de verduras? ¿Están aburridos los repositores y apuestan a ver cuánto tarda un cliente en encontrar ahora el yogur descremado con frutas y cereales sin tacc gusto a dátiles del Sahara?

Y ni hablar de las ofertas engañosas. Pero eso lo dejo para un próximo informe, porque no puedo encontrar el anti polillas que cambiaron de lugar… Ah.. Acá un muchacho me ayuda. “Si. Lo cambiaron de lugar al anti polillas. Está en otra sucursal. A 25 cuadras”. Chau pulóveres.

Reportó desde la vida cotidiana, Adrián Stoppelman para Télam.

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