La pandemia como escenario de la fantasía

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Mariana Sández: El confinamiento refuerza la sensación de encierro, de asfixia, de cansancio, de un tedio que da más lugar a las fantasías. A la vez hace obligatoria la distancia, inviable el encuentro. La insistencia de la protagonista en pensar en ese escritor, que conoció tiempo atrás, es un modo de escape del encierro impuesto. El cuento partió de Leila Ross, personaje que dio origen a mi novela “Una casa llena de gente”. Leila es madre, esposa, hija, traductora y escritora, una escritora que no logra publicar. La literatura es un tema que la está rondando, que la obsesiona. Piensa literariamente. Todo lo que la atraviesa lo refiere literariamente a libros. Cuando me convertí en protagonista de la novela me quedó una especie de diario, que reformule como cuento, donde una autora tiene intercambios con una persona que nunca sabemos si existe o es fruto de su imaginación. Bueno, hay antecedentes, tanto María Luisa Bombal como Clarice Lispector tienen personajes con amantes que nunca se sabe si son reales o mera fantasía.

P.: En “Literatura” ella pasa del amor fantaseado con alguien distante, acaso ilusorio, al inmediato y real con su marido.

M.S.: Es una historia de amor, algo a lo que los otros cuentos esquivan. Es que, a mí, por lo menos, siempre me da miedo porque o lo adjudican como autobiográfico o, como dijo John Banville, cae en la sensiblería, y como dice la protagonista: todo menos cursi. La literatura salva ese cuento de la cursilería. Le da otro ambiente, otro clima. Si no estuviera, sólo parecería algo romántico, otro tipo de literatura.

P.: ¿En sus cuentos juega con el lector a descubrir lo que está a la vista y no vemos?

M.S.: Descubre que lo de algunas familias normales es una ironía, que como dice Caetano Veloso “de cerca nadie es normal”. En la palabra normal me gusta la obviedad de su inexistencia. En “Diario de un animal” lo normal para ese arquitecto es ir a la oficina, hacer lo esperable, hasta que una circunstancia inesperada le revela su pulsión artística. Me gusta ir en contra de lo que se espera de uno, de lo visto como normal. La literatura que me interesa tiene que tener algo próximo al humor y al juego. Cuando escribo necesito perseguir una pista, dar con algo que falta. Me aburriría escribir historias predecibles. En “Para que no sobre tanto cielo” lo que a priori consideraría anormal, la pareja de enanos, tiene una vida más feliz que la pareja que se vería como obviamente normal. Rescato personajes de la vida real y les doy una vida de ficción: las gemelas que después de cincuenta años se separan porque una se enamora de un violinista que vive en la calle (“Las hermanas Requena”), las alianzas y enemistades paranoicas en una oficina (“Las lloronas”), la alteración general que lleva a una muerte en una reunión de consorcio (“Actas de consorcio”), la devoción de un periodista gay por una actriz famosa y olvidada (“Luna en Nueva York”) que se me apareció cuando escribía mi ensayo sobre el cine de Antín.

P.: En “El sueño de Leila” una escritora fracasada hace un catálogo de formas de morir. ¿Es su ponencia para ingresar a OULIPO de la mano de Vila-Matas y Eduardo Berti?

M.S.: Ojalá. A mí me divirtió imaginar esa lista. Lo que más me gusta de Cortázar, de Vila-Matas, de Berti, es la capacidad de crear un humor serio, detrás de la seriedad uno encuentra el juego, el tono zumbón, el desarmar y rearmar la realidad y llevar a verla de otro modo, iluminarnos zonas que no habíamos tomado en cuenta.

P.: ¿Ahora que está escribiendo?

M.S.: Dos novelas. Una continua la historia de una de las protagonistas “De una casa llena de gente”, la hija de la traductora. Y otra, que tengo hace mucho, que va y viene, y retomo cada tanto. Dos proyectos en paralelo.

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