Asignatura esencial en tiempos de pandemia

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La educación cooperativa consiste en la adquisición del hábito de pensar, actuar y juzgar de acuerdo con los principios cooperativos.

El objetivo central es incorporar al sistema educativo federal la regulación de prácticas cooperativas y mutuales auscultando sobre la carne viva de la realidad sus nuevos desafíos pedagógicos e intentando hermanar rigor y prontitud en el diagnóstico y la resolución de inéditas situaciones epidemiológicas, al menos para atemperar la despersonalización y encontrar la mejor manera de sostener el vínculo «profesor, alumno y familia» durante el devenir pandémico.

Los principios cooperativos son: 1) membresía voluntaria; 2) “un asociado, un voto”; 3) justicia distributiva; 4) autonomía e independencia; 5) educación cooperativa; 6) integración; 7) interés por la comunidad.

Su naturaleza axiológica trata de directrices no dogmáticas sino nacidas de la experiencia cooperativa, que inducidas de la observación son proyectables por deducción a la educación en general.

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No es cerrada su formulación, sino abierta; y no utópica, sino objetiva y real, de acuerdo con las necesidades de cada momento. Es de ese modo fruto del pragmatismo evolutivo de la realidad.

Si consideramos el principio de la educación cooperativa, resulta relevante su valía e importancia en la instrucción y elevación del nivel cultural y ético de la ciudadanía en general, aparte del interés particular para cada persona en su propia formación.

Según el artículo 90 de la ley 26.206, “el Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología promoverá, a través del Consejo Federal de Educación, la incorporación de los principios y valores del cooperativismo y del mutualismo en los procesos de enseñanza-aprendizaje y la capacitación docente correspondiente, en concordancia con los principios y valores establecidos en la ley N° 16.583 y sus reglamentaciones. Asimismo, se promoverá el cooperativismo y el mutualismo escolar”.

Este principio sobre educación cooperativa es determinante. Sólo cuando cada “cooperación” se constituye y desenvuelve conforme a este precepto, estaremos ante una versión auténtica de ella, lo cual nos garantizará la pureza del sistema.

Si aspiramos a una sociedad más justa, equitativa y fraterna, debemos admitir que el cooperativismo genuino resulta una de las energías humanas más significativas y replicables para favorecer y facilitar un mejor desarrollo, humanizando estructuras sociales y económicas.

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Por último, sólo con una cabal educación solidaria civil será posible admitir que el motor movilizador cooperativo no trata de una especulación e interés individual sino de toda reducción de costos para un precio justo, de redistribución equitativa y de reciprocidad mutual, lo cual, en este escenario pandémico, contiene un efecto multiplicador y un beneficio tangible para la comunidad educativa en su conjunto.

Estos son algunos frutos posibles de una noble y cabal educación cooperativa; entonces, ¿cómo no defender sus principios sin envalentonar a sus verdugos?

*Experto Coneau en cooperativismo

Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado el 23/02/2021 en nuestra edición impresa.

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