Los nombres que faltan

Compartí este articulo!

–Ahí. Habían venido a buscarlo y lo encontraron ahí. Colgado de la rama de la derecha.

La mujer señala con el dedo inclinado hacia arriba, en diagonal. No logro entender cómo alguien pudo subir, por dónde trepó, cómo ató la soga.

–El árbol no era tan alto entonces.

–¿Fue hace mucho?

Publicidad

–No sé, hará 70 años.

Quisiera preguntarle la edad, pero sé que puede ser una descortesía. Quizá tenga 80, 90.

–¿Y cómo se llamaba?

–No, no sé. “El ahorcado”.

–¿Pero usted no me dijo que lo conocía?

Publicidad

–Sí, pero fue hace mucho.

–¿Y en qué trabajaba?

–No sé, habrá tenido animales.

Publicidad

Algo me inquieta. Temprano a la mañana, después de una reunión de trabajo en un pueblo pequeño, en un país extranjero, alguien menciona como referencia geográfica “el árbol del ahorcado”. Creo haber entendido mal, vuelvo a preguntar y me dicen: “Cualquiera te va a orientar”.

Quiero saber más de ese árbol, por qué le dicen así, por qué todos saben dónde está, cómo fue que se convirtió en un mojón. La persona con la que hablo me dice que el árbol ya estaba ahí cuando nació; que habría que preguntarle a alguien más viejo.

Tiene esa cordialidad intensa de quienes quieren hacernos sentir cómodos cuando somos extranjeros. Una disposición a complacer los deseos de quienes vienen de afuera. Me dice que va a consultar con su madre, que quizá ella sepa.

Hemos quedado en encontrarnos en la plaza al mediodía. Llega moviendo suavemente la cabeza.

–Mi mamá tampoco sabe. Me dijo que podemos preguntarle a una vecina.

Pesquisa

Después del almuerzo, en un rato libre, vamos caminando hasta una casa de la que sale una mujer mayor. Mi acompañante explica: escritora extranjera, charlar con usted, árbol del ahorcado, recuerdo.

La señora se sacude como un cachorro, un chispazo de alegría. Entra a la casa a buscar un abrigo que se apoya sobre los hombros y caminamos unas cuadras hasta llegar al árbol. En el trayecto, le pregunto si conocía al hombre que se colgó. Dice que sí, que claro, que lo conocía bien. Cuando llegamos, levanta la mano para señalar la rama.

Preguntas, respuestas.

Mientras charlamos, mi desconcierto crece. Ha dicho que lo conocía, pero no sabe su nombre ni a qué se dedicaba. Pregunto si está enterrado en el cementerio; dice que sí. Pregunto si puede visitarse; dice que sí.

–Fijesé al fondo, al lado de los árboles más oscuros. Se va a dar cuenta porque está entre dos lápidas negras, bien altas.

Casi al final del día, voy al cementerio y sigo las indicaciones. Encuentro un pedazo de tierra, demarcada. Sólo eso. Un espacio en el que se presume hay un cuerpo, pero ningún dato, ninguna inscripción.

Durante dos días, pregunto a cada persona con la que me cruzo si sabe el nombre del ahorcado. Algunos dicen simplemente “no”; otros hacen un esfuerzo, tratan de buscar en la memoria, vacilan; alguien dice “Durand”. Otro dice: “No, no, te estás confundiendo con los que vivían detrás del río; no era Durand”.

Unos dicen que tenía una hija que se fue del país. Otros dicen que no, que se fue a la capital y nunca más volvió. Otros dicen que tenía un solo hijo varón que murió en la guerra. “La Segunda”, aclaran.

Aquí, si alguien habla de “la guerra”, todos entienden la Primera. Unos dicen que era buen vecino. Otros, que era un ermitaño, el raro del pueblo. Que lo abandonó la mujer. Que era viudo. Que nunca tuvo familia. Que cuando su hija se fue, se derrumbó. Que cuando le avisaron que su hijo había muerto en el frente ya no fue el mismo. Que le gustaba tomar. Que era muy religioso y no fumaba ni tomaba. Que tenía sembradíos. Que criaba animales. Que creen que era talabartero. O herrero.

Navego en esas voces que dicen una cosa y otra y luego otra. Mi desesperación es no poder acceder a un nombre. Una tumba sin inscripción, un nombre que nadie recuerda. Cuando dejo el pueblo –sospechando que nunca voy a volver–, me llevo una falta, un vórtice, un agujero negro.

Epitafios

El recuerdo de ese viaje, esa tumba, esa historia, apareció a raíz de una noticia que leí en un portal informativo. El título: “La obsesión de una médica italiana por recuperar los nombres de mil migrantes muertos durante un naufragio en el mar Mediterráneo”. Pienso en esa mujer. En la radio suena “Cactus”, y la voz de Gustavo Cerati repite: “En tu nombre, en tu nombre”.

¿Por qué los nombres son tan importantes? ¿Por qué depositamos ahí un trazo tan fuerte de nuestra identidad? Cuando Jesús dijo “Lázaro, levántate y anda”, ¿cuál de esas palabras provocó el milagro?

Se dice que el primer nombre del cual se tiene registro es “Kushim”. El documento en el que aparece es un recibo comercial, escrito en una tablilla de barro en Sumeria, miles de años antes de Cristo.

Leo que los apellidos surgieron en la Edad Media cuando fue necesario articular un dispositivo para resguardar la propiedad –las tierras, los animales– y los nombres de pila no eran suficiente. Se empezó a agregar el oficio de esa persona o una palabra que hiciera alusión a una característica física o al lugar de procedencia.

Si ya había, por ejemplo, otro Juan Herrero, se usaba el nombre del padre enlazado con la palabra “de”, una operación que finalmente se transformó en el agregado “ez” al final del nombre del padre.

Pablo de Martín (Pablo, el hijo de Martín) se convirtió en Pablo Martínez. López, González, Rodríguez, Fernández, Álvarez. El nombre del padre como un sello.

Vuelvo a lo mío. ¿Por qué la falta de un nombre en una tumba me genera inquietud? ¿En qué cambiaría si supiera el nombre del ahorcado? ¿Por qué los epitafios son importantes? Hojeo un libro. Escrituras últimas.

Ideología de la muerte y estrategias de lo escrito en el mundo occidental, de Armando Petrucci. Me levanto del escritorio para buscar otro. El libro de los finales, de Albert Angelo. Una recopilación de las últimas palabras que dijeron diferentes personalidades, algunas cartas de suicidio, una antología de epitafios.

La tumba de Primo Levi, el escritor que quizá mejor retrató el infierno de los campos de concentración, sólo tiene escrito un número: 174517. Su número de prisionero en Auschwitz.

En estos días he leído que en Argentina ya han muerto más de 50 mil personas por Covid-19. Números, no nombres. Quizá muchos serían más cuidadosos si en lugar de un número hubiera un largo listado de nombres. Algo que nos recuerde que cada uno de esos ausentes tiene nombre, quizá un sobrenombre, una palabra cariñosa que usaban sus seres queridos para llamarlos. Una palabra que ahora tiene un eco roto.

*Especial

Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado el 20/02/2021 en nuestra edición impresa.

Publicidad

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: