Carlos Menem: una vida aferrada al poder

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Fue el presidente que más gobernó la Argentina durante el siglo XX. Sólo en la historia lo supera Julio Argentino Roca. Carlos Saúl Menem falleció a los 90 años, condenado por hechos de corrupción, con recuerdos pintorescos de su dilatada trayectoria política y valoraciones contrapuestas respecto al legado de su gestión presidencial.

Su vida estuvo ligada a la política y murió con mandato de senador nacional. Con su deceso, de los presidentes elegidos por voto popular sólo queda viva Cristina Fernández, sin contar al saliente Mauricio Macri y al entrante Alberto Fernández.

Menem era hijo de sirios (cuyo apellido original era Menehem), educado en la religión musulmana pero su ambición política lo llevó a convertirse al catolicismo, religión consagrada como la oficial en la Constitución nacional. Una temprana señal de que haría cualquier cosa por acceder y aferrarse al poder.

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En aquellos llanos de su La Rioja natal, donde cabalgaba tratando de que se le metiera en el cuerpo el espíritu del “Chacho” Peñaloza, se soñó protagonista. Quería un lugar central en la trama, en vez de escribirla. “Yo quise ser Don Quijote, no Cervantes. Ser Martín Fierro en lugar de José Hernández”, arrancó su biografía Universo de mis tiempos.

Pragmático como pocos, pasó por todas las tendencias que signaron al peronismo, la fuerza en la cual militó toda su vida. “Marché por el camino señalado. Edifiqué mi obra”, escribió.

Nació en Anillaco, La Rioja, un 2 de julio de 1930 y abrazó de joven la política. Estudió abogacía en Córdoba, donde militó en la Juventud Peronista (JP), en los años dorados del primer peronismo.

Cuando regresó a su tierra ya graduado, la Revolución Libertadora había derrocado a Juan Domingo Perón y Menem se dedicó a defender a sus compañeros perseguidos, lo cual le valió la primera detención bajo el régimen que encabezaba Pedro Eugenio Aramburu.

Con el peronismo proscripto, Menem se puso armar la JP riojana. Logró un muy breve contacto con Perón en su exilio en Puerta de Hierro en Madrid, acompañando a su paisano Jorge Antonio. Perón no se acordaba de aquel riojano al que había saludado como jugador de básquet de General Paz Juniors en 1951, acompañado por María Eva Duarte de Perón.

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Con aquellos pequeños gestos logró ser candidato a gobernador en la reapertura democrática en 1973. Aquel abrumador triunfo el 11 de marzo de ese año por casi el 58% de los votos fue el disparador de una carrera que lo llevó 16 años después a la Presidencia de la Nación.

Agitado

Menem se acercó a los movimientos peronistas revolucionarios en su primer mandato, aunque luego rompió ellos. Luego de ser derrocado el 24 de marzo de 1976, estuvo detenido Las Lomitas, Misiones. Era su segunda detención en tiempos de dictadura y le faltaba la prisión domiciliaria que cumplió después de entregar el mando presidencial en 1999.

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Su vida pública y privada ya estaba signada por la agitación, esa que lo acompañó en el apogeo de su carrera.

El regreso de la democracia en 1983 lo volvió a depositar, con el voto popular, como gobernador de La Rioja. Logró una reforma constitucional para habilitar la reelección, que obtuvo en 1987.

En aquellos años de gestión de Raúl Alfonsín, Menem hizo gala de sus dotes de negociador y le fue sacando al presidente radical, que estaba obligado a pactar con los gobernadores, una serie de beneficios para su provincia, que lo fueron posicionando en el escenario nacional.

Con Alfonsín protagonizaría después la transición de 1989 y el pacto de Olivos para la reforma constitucional de 1994.

Renovador a medias

Pero antes, Menem fue navegando en la compleja interna de su partido. De diálogo con los sectores ortodoxos del PJ se alió con Antonio Cafiero, a quien había conocido en los tiempos de la detención de la dictadura, para fundar la Renovación peronista.

Ambos junto a Carlos Grosso lideraron aquel movimiento en el PJ que buscaba recuperar el poder nacional. El triunfo de Cafiero en 1987 en la elección de la provincia de Buenos Aires lo puso en las puertas de la Casa Rosada pero no contaba con la sagacidad de Menem, que decidió armar su propio núcleo interno, hacer acuerdos con los caciques bonaerenses (uno de los cuales fue su compañero de fórmula Eduardo Duhalde) y recoger todo lo que había dejado en el camino la Renovación para imponerse, de manera sorpresiva, en la única interna abierta para nominar el candidato presidencial que tuvo el peronismo en su historia.

De populista a la ortodoxia liberal Llegó al poder con un discurso marcadamente populista. “Revolución productiva” y “salariazo” eran sus principales promesas. Le ganó la elección a su compañero de estudios en Derecho de la UNC Eduardo Angeloz, con quien había pactado varias veces mientras uno gobernaba Córdoba y el otro La Rioja.

Su discurso no tenía demasiada conceptualización ideológica, sus definiciones eran vagas y la apuesta mayor era a su carisma, un atributo que le reconocieron siempre seguidores y detractores.

Ganó con comodidad y se sentó a ver cómo las llamas de la hiperinflación devoraban el último tramo de gestión de Alfonsín, quien entregó el mando de manera anticipada.

Al iniciar lo que iba a ser la década menemista en el poder, el riojano abandonó aquella postura populista y se recostó en políticas de la ortodoxia liberal, al punto que cedió el Ministerio de Economía a la corporación Bunge & Born y se alió con el máximo exponente de la derecha argentina, Álvaro Alsogaray y su Ucedé, mientras se cuidaba de negociar con todos los referentes del peronismo en el reparto de poder.

Con un fuerte rebote hiperinflacionario, Menem acudió al economista estrella de la Fundación Mediterránea, Domingo Cavallo, que llevó a todo su equipo a manejar la cartera de Economía. El plan de Convertibilidad, que dispuso por norma el dólar en paridad uno a uno con el peso, las privatizaciones de empresas públicas y otras reformas en el Estado le otorgaron a Cavallo poder interno y a Menem un amplio acompañamiento ciudadano, en una relación que terminó por romperse cuando el ministro intentó mayor protagonismo que el presidente.

Su heterodoxia no fue sólo en el plano económico, donde pasó de ser un acérrimo enemigo de la incorporación de capital privado a las empresas estatales en el alfonsinismo a vender prácticamente todas las compañías del Estado, incluso algunas prestatarias de servicios esenciales que en ningún lugar del mundo habían pasado al sector privado. Las acusaciones por corrupción en esas transacciones aún deben ser dilucidadas por la Justicia.

La gestión de Menem estuvo muy lejos de la transparencia. No sólo fueron condenados sus funcionarios sino que también él murió con la dura condena del tráfico de armas a países con los que Argentina era garante tratado de paz y sin afrontar graves hechos vinculados a esa causa, como la voladura de la Fábrica Militar de Río Tercero.

Su pasado de preso en la dictadura no fue obstáculo para conceder un indulto a los jerarcas de la dictadura, cuya condena había sido reconocida en el mundo entero. Esa decisión le implicó las primeras escisiones en su proyecto político.

Pese a tener los jefes de la dictadura libre, Menem tuvo tres acciones que terminaron con la acechanza de las Fuerzas Armadas sobre el orden democrática: repelió con muertos a la primera asonada que sufrió, le quitó presupuesto y derogó el servicio militar obligatorio.

Su política exterior fue cambiante también. Alineado incondicionalmente con Estados Unidos (su canciller llegó a hablar de relaciones carnales), mantuvo el Mercosur y tuvo una ambivalente política en Medio Oriente.

En su gestión, se produjeron los dos atentados terroristas internacionales de la historia argentina, la Embajada de Israel y la Amia, ambos aún impunes.

El acuerdo Alfonsín le permitió la reforma constitucional que habilitó su reelección. Menem fortaleció su liderazgo dentro del peronismo, que casi sin matices lo reconocían como conductor, pero aquel Pacto de Olivos fue el germen para la ruptura del bipartidismo.

Su estilo se alejó también de la ortodoxia de los gobernantes. Manejó una Ferrari a más de 200 kilómetros por hora en la autopista a Mar del Plata, jugó en partidos transmitidos por la televisión público con las selecciones de fútbol y básquet, interrumpió actividades oficiales para dedicarse al golf, tomó decisiones desde el palco del Monumental viendo a su River, compartió actividades con los más variados personajes de la farándula e impuso un estilo cultural al que se dio en llamar “pizza con champagne”, como una síntesis de lo popular con ciertos toques de glamour y derroche.

Escándalos y muerte

Los escándalos de su vida privada se hicieron públicos. Al punto que apeló a las fuerzas armadas para desalojar a su esposa Zulema Yoma, a quien había conocido en Siria, cuando se divorció en 1991, mientras el presidente aparecía en las revistas del corazón rodeados de actrices y vedettes.

Años más tarde, ya fuera del poder, se casó con la chilena Cecilia Bolocco, en un matrimonio que duró poco. La muerte lo encontró al lado de Zulema nuevamente.

La tragedia familiar también signó su mandato. A poco de concluir el primer período, falleció su hijo mayor Carlos Saúl Facundo, al caer el helicóptero en el que viajaba. Su madre denunció en el mismo momento un atentado por cuestiones de política internacional, hipótesis a la que el padre recién adhirió hace poco tiempo.

Su otra hija, Zulema, lo acompañó en todo momento. Tuvo otros dos hijos con una relación más distancia: Carlos Nair y Máximo.

Fue un líder que logró el control de los principales estamentos de poder, en especial la Justicia, tanto es así que puso a su socio en el estudio jurídico de La Rioja al frente de la Corte Suprema.

Su ambición de poder lo llevó a intentar forzar la Constitución para buscar un tercer mandato y hasta logró un fallo en ese sentido del juez federal cordobés Ricardo Bustos Fierro en un pedido que llevaba la firma de José Manuel de la Sota.

Pero eran años que la Convertibilidad comenzaba a crujir. El estancamiento económico, con altos índices de desempleo y pobreza, iban minando el respaldo a su gestión y episodios que antes eran considerados pintorescos y tolerados comenzaron a ser escándalos.

Entregó el poder a Fernando de la Rúa y la Alianza jaqueado por denuncias de corrupción y una muy delicada situación económica. Había gobernado 10 años y medio, producto de un mandato de seis años que se prorrogó medio más para compensar el alejamiento anticipado de Alfonsín y otro de cuatro.

Aferrado al poder

Pero su vocación era el de seguir intentando volver al poder y tras el estallido de 2001-2002 se presentó en las elecciones de 2003, con el peronismo y las demás fuerzas atomizadas. Pese a los altos índices de desaprobación, salió primero en aquella singular elección con casi el 25 por ciento de los votos y fue al balotaje con Néstor Kirchner. Pero Menem sabía que aquello estaba muchísimo más cerca de su techo que de su piso electoral y decidió no presentarse a la segunda vuelta.

Y cuando parecía encaminarse hacia el ostracismo político, volvió a ser candidato en 2005. Se presentó como candidato a senador por La Rioja, logró salir segundo y obtener la banca que renovó en 2011, que fue la que le otorgó fueros hasta el último día de su vida.

La muerte lo encontró condenado por el tráfico de armas, reconocido por un sector de la dirigencia política y puesto en el imaginario público como un personaje casi caricaturesco.

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