Benjamín Labatut: «La literatura ilumina aquello que la ciencia oscurece»

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Labatut pasó su infancia entre Buenos Aires y Lima y se estableció en Santiago de Chile durante la adolescencia.

Labatut pasó su infancia entre Buenos Aires y Lima y se estableció en Santiago de Chile durante la adolescencia.

En la alternancia de capas de una trenza apretada de ficción y no ficción toma forma «Un verdor terrible» (Anagrama, 2021) de Benjamín Labatut (1980), un libro que se desentiende de los géneros para abordar los enigmas de la mecánica cuántica, las cámaras de gas de los campos de exterminio nazis, las abstracciones espantosas de las matemáticas, el corazón de un agujero negro o el silencio elocuente de Dios ante la incertidumbre. 

«Me interesa la parte oscura de la ciencia, los sueños locos de su inconsciente, el lugar donde se topa con las fallas en la lógica del universo, con ideas que rompen nuestra imagen del mundo o que la expanden hasta que se vuelve inimaginable. La ciencia, vista desde cierta perspectiva, también es una forma particular de la locura: el delirio de pensar que podemos entender el mundo», define el autor, quien pasó su infancia entre La Haya, Buenos Aires y Lima y se estableció en Santiago de Chile durante la adolescencia. 

«Un verdor terrible», el tercer libro de Labatut, aborda las paradojas y los dilemas de los hombres de ciencia, con la certeza de que en la incertidumbre radica una fuente de fuerza y creatividad. El escritor retoma al matemático japonés Mochizuki («Entender es imposible») y crea una atmósfera donde la búsqueda pareciera siempre ser más iluminadora que las respuestas. 

«La ciencia, vista desde cierta perspectiva, también es una forma particular de la locura: el delirio de pensar que podemos entender el mundo»

– Télam: «Un verdor terrible» plantea en varios tramos el contraste de la potencia civilizatoria de la ciencia con el sinsentido o las subjetividades más oscuras y complejas de los hombres que la crean. La pandemia nos enfrenta a ese hiato todo el tiempo: no hay certezas aún cuando hablamos de ciencia. ¿Por qué elegiste una representación de lo científico tan alejada de la historia oficial, de la sacralización?
– Benjamín Labatut: Escribir sobre ciencia no ofrece verdades, sino un método lleno de incertidumbre, una duda que arde como una zarza y que nunca se apaga del todo. La verdadera ciencia siempre sospecha que, detrás de cada descubrimiento, hay algo más profundo, más oscuro, más extraño. Su mayor virtud es su obsesión con el misterio, un anhelo de saber que los hombres y mujeres de ciencia persiguen con la misma intensidad con que los santos añoraban el contacto directo con el Verbo hecho carne. Quiero exponer al lector no sólo a las ideas científicas y a los efectos que tuvieron en la civilización, sino también al abismo interior. La historia oficial muchas veces esconde lo más importante y no tiene métodos para alumbrar el vacío en que caen las personas que pujan por superar el sentido común. Pero el ser humano ha descubierto múltiples caminos para interactuar con esos aspectos enrarecidos de la experiencia: la epifanía, la iluminación, el delirio, el rapto del horror. Trato de usar a la ciencia y a sus protagonistas como una excusa para llegar al saber que excede la comprensión, al límite que separa lo humano de lo sobrehumano. 

– T: En «Un verdor terrible» también están los descubrimientos científicos oscuros, destructivos, ¿Qué encontrás en esta cara de la ciencia?
– BL: Hay algo innegablemente luciferino en la ciencia. Su papel es encender una luz, pero lo que esa luz nos muestra, es otro asunto. Hombres despiadados como Fritz Haber –que creó la guerra química y nos salvó de la hambruna gracias a los fertilizantes nitrogenados– siempre traerán nuevas maravillas al mundo y también invocarán demonios, porque ambos son una parte integral de la experiencia humana. Debemos considerar las paradojas de la ciencia y los insondables dilemas que descubre continuamente, no sólo como evidencia directa del oscuro sentido del humor que subyace al universo, sino también como una forma de escudriñar nuestras contradicciones, porque son nuestra mayor fuente de fuerza y creatividad. Siempre hay riesgos en descubrir lo desconocido. También hay mucho peligro en conocerse a uno mismo. Lo realmente nuevo implica un fin de mundo, un pequeño apocalipsis. Por eso la ciencia es un proceso continuo de destrucción y renacimiento.

– T: «Un verdor terrible» pareciera ser un libro que orbita alrededor del interés por la ciencia o por la fascinación de los genios pero siempre con una distancia, lejos de lo explícito. ¿Cómo encaraste ese acercamiento a la idea? ¿Hay un campo en el que ciencia y literatura confluyen?
– BL: La literatura ilumina aquello que la ciencia oscurece. Si la ciencia estudia la velocidad de la luz, la literatura está más cerca de la velocidad de la sombra, pero creo que ambas son necesarias para relacionarnos con aquello que no podemos entender. Al arte y a la ciencia, agregaría la irracionalidad hecha método, o sea, la magia, para crear un modelo donde se traslapan los puntos ciegos de cada una de esas disciplinas, y nos muestran una perspectiva mayor. Es necesario tener múltiples puntos de vista –incluso contradictorios– sobre la realidad porque la luz de la razón también nos ciega. Hay que abrazar la complejidad y construir modelos cada vez más amplios. De lo contrario, es cambiar una oscuridad por otra.

– T: El matemático Grothendieck, en su texto «Cosechas y siembras», sostiene que «solo cuando se combinan miradas complementarias sobre la misma realidad podemos tener un acceso más completo al saber de las cosas». En el libro conviven distintos géneros en una amalgama donde no siempre se ven las juntas. ¿Por qué elegiste ese tipo de construcción?
– BL: Hay una corriente en todo el libro, que une sus diferentes textos: aquello que no somos capaces de entender. Por lo general, elijo caminos que eventualmente conducirán a ese tipo de abismos, algo que es mucho más fácil de lo que la gente sospecha, ya que todos los caminos verdaderos, si se recorren hasta el final, te llevan allí. Desde que el ser humano empezó a pensar, hemos recubierto el mundo entero con una capa de ficción. Si la quitas (hay maneras de hacerlo, pero no se lo recomendaría a nadie) el resultado suele ser absolutamente aterrador. Sin la ficción, el mundo no tiene sentido, y la única forma de acercarse al corazón oscuro de las cosas, o a sus arterias más luminosas, es a través de los mecanismos de la visión interior, que son, justamente, los del arte y la ficción. Hay muchas cosas que se agazapan detrás de los hechos: a los monstruos no les gusta mostrar la cara. Alumbrar ese espacio, penetrar los recovecos de la mente humana, exige un acto creativo, algo que esté preñado de la misma incertidumbre, y de la misma potencia y extrañeza, que hay en el alma del mundo.

«La literatura juega con la verdad para regalarnos aquello que el mundo carece, casi por completo: sentido»

-T: Heisenberg y Bohr hacen un quiebre brutal cuando postulan que ya no existe «un mundo real» que la ciencia pueda estudiar y es curioso porque las cuestiones del encastre entre ficción y realidad suelen ser objeto de debate en la literatura. En los reconocimientos, aclarás que «la cantidad de ficción aumenta a lo largo de los capítulos del libro». ¿Cómo trabajaste ese diálogo entre la no ficción y la ficción?
-B.L: La literatura juega con la verdad para regalarnos aquello que el mundo carece, casi por completo: sentido. Mi libro trata de empujar al lector hacia un terreno de incertidumbre, de modo que comience a sentir las mismas dudas, la misma sospecha existencial que aquejó a los científicos sobre los que escribí. ¿Qué es real, qué es ficción? ¿Y cómo puedo distinguir una cosa de la otra? Me parece que la contradicción y la paradoja son más fascinantes que la verdad, porque es justamente ahí –en esa línea que separa el genio de la locura– donde surgen las nuevas ideas.

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