Inundados de pesos, sedientos de dólares

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Los náufragos pueden morir por beber agua de mar. Y eso genera, a la vez, la paradoja de que pueden morir de sed en medio del agua. Están rodeados de algo que no quieren, y necesitan algo que deben tomar.

En Argentina sucede algo similar, desde hace muchos años: estamos rodeados de pesos con muchos ceros y necesitamos dólares que están cada día más lejos.

La prohibición para comprar dólares sólo hace aumentar la pasión por ellos. Y la inflación, la repulsión hacia los pesos.

¿Será que el dólar es un tema de la clase media argentina? La clase alta los tiene afuera –se estiman 160 mil millones de dólares–, y la clase baja está en la lucha contra la pobreza y la indigencia. 

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La Argentina no produce dólares, no los puede imprimir, pero tiene en sus exportaciones su principal fuente de acceso a dólares. Pero ¿cuánto generamos por habitante? ¿Alcanza para comprar los 2.400 dólares anuales del cepo actual?

Entre bienes y servicios, exportamos por 81 mil millones de dólares, lo que representan 1.975 dólares por habitante. ¿Eso es poco o mucho? Por lo pronto, es una cifra menor que la que buscamos comprar con el cepo de 200 dólares por mes.

Por cierto, esto es un juego teórico, ya que fueron cuatro millones de personas por mes la mayor cantidad de argentinos que buscaron adquirir dólares bajo cepo, lo que representa al 10 por ciento de la población.

El ejercicio teórico concluye que si todos los argentinos fuéramos por nuestro cupo de cepo, las exportaciones totales no alcanzarían. No habría dólares para todos.

¿Qué pasa en otros países? En esta época de coronavirus, todos miran a Uruguay y su comportamiento en esta pandemia. Uruguay genera 3.516 dólares por habitante, mucho más que nuestro país, aunque en esta parte de Sudamérica el mejor indicador lo tendría Chile, con 4.911 dólares por habitante, fruto de exportaciones por 92 mil millones. 

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México es actualmente el 10° exportador mundial –es la primera vez que un país latinoamericano llega a ese puesto– y genera 3.888 dólares por habitante, con exportaciones de bienes y servicios por 490 mil millones. 

Con situaciones más parecidas a la Argentina están Brasil, con 1.385 dólares por habitante, y Colombia, con 1.265 dólares, aunque por razones culturales esa debilidad por el dólar no se observa en esos países, probablemente por la inexistencia del «impuesto a la pobreza» que significa la inflación, que erosiona tanto a nuestros ahorros como a la competitividad y al clima de negocios. 

Aunque el análisis no podría terminar allí, ya que con esos dólares también importamos bienes y servicios, entre los que se encuentran los viajes y el transporte como los dos de mayor importancia en Argentina.

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Nuestro país importó en 2019 mercaderías por 49.125 millones de dólares, y servicios por 19.365 millones. Estos montos representan por habitante 1.137 y 448 dólares, respectivamente. Sumados, son 1.585 dólares por cada argentino. 

¿Cuánto gastábamos en viajes antes de la pandemia? 181 dólares per capita (7.850 millones de dólares totales, aunque llegamos a gastar 11.300 millones en 2017, el año del mayor déficit comercial de la historia argentina). 

Recalculando: generamos dólares por exportaciones por aproximadamente 1.975 por habitante y consumimos 1.585 por año en importaciones, lo que arroja una «balanza comercial» de 390 dólares anuales por habitante. 

La otra diferencia con los países mencionados en la comparación es que hace tiempo nos superaron en atracción de inversiones extranjeras, que es otra de las vías importantes de ingreso de divisas fuertes. 

Exportar muy poco

Argentina no exporta poco: exporta muy poco. El cepo es malo, y las retenciones también. En la experiencia internacional, no hay países con estrategia de crecimiento que utilice a ambas como herramientas.

Sería bueno preguntarnos por qué nosotros necesitamos llegar a esas medidas y también es pertinente aclarar que en esto no hay grieta. De uno y de otro lado, pusieron el cepo y subieron derechos de exportación cuando así lo consideraron o necesitaron.

Pero no somos el único país que utiliza impuestos a la exportación: India, Indonesia, Rusia o Mongolia también lo hacen.

Realizamos un análisis durante el período de «superprecios» de commodities, de 2003 a 2008, comparando el comportamiento de aquellos países que exportaban materias primas sin aplicar retenciones con aquellos que sí lo hicieron. ¿El resultado? Las exportaciones de aquellos que no las aplicaron crecieron mucho más.

En los países que aplicaron retenciones, las exportaciones subieron 108 por ciento, mientras que en los que no aplicaron impuestos las ventas externas aumentaron 141 por ciento en el mismo período. 

Entonces, tenemos exportaciones bajas de acuerdo con nuestras necesidades y consumos. Y un superávit comercial no asegura que faltará presión sobre el dólar, ya que lo que falta es confianza. Confianza en que guardar pesos no hará perder poder adquisitivo y para ello es indispensable bajar la inflación. 

Además de exportar más, es necesario recuperar el superávit fiscal. Gastar menos que lo que se recauda o recaudar más que lo que se gasta. Y acá está otro gran flanco débil de la economía argentina: esos déficits, que algunos gobiernos financiaron con deuda y otros con impresión desmedida, que lleva a una altísima inflación. 

La devaluación suele ser un intento de solución que después es parte del problema. Entramos en un ciclo de fuertes devaluaciones cada dos años, que lo único que hace es evitar realizar las correcciones económicas.

En nuestra historia económica, sólo una vez la brecha entre dólares se corrigió mediante un plan de estabilización. Fue en el mandato de Arturo Frondizi, en 1959. En todos los demás casos –el gobierno de Isabel Martínez, durante la Guerra de Malvinas y con Raúl Alfonsín–, la corrección se dio mediante una fuerte devaluación. En estos casos, en el mediano plazo tampoco alcanzó. 

Sin confianza en los pesos, la gente buscará dólares o algún activo que le sirva para resguardarse de la inflación. Revertir décadas de desconfianza no se logra con verbalizar que «la gente debe invertir en pesos», sino con años de estabilidad e inflación baja. Mientras tanto, queda buscar el doble superávit que revierta esta inundación de pesos y la sed de dólares. 

Ulises, en su viaje a Ítaca tras la guerra de Troya, iba a pasar cerca de las islas Sirenuse, famosas por las sirenas, cuyo canto resultaba irresistible y por el cual los marineros se arrojaban al mar para intentar alcanzarlas y morían ahogados.

Ulises decidió ser el primero en escucharlo y pidió que lo atasen fuertemente al mástil y no lo soltasen, aunque lo pidiera. Ulises escuchó el canto de las sirenas. Reconoció su debilidad y generó un contrato hacia el futuro que todos cumplieron, y de esa manera logró el objetivo. 

Pensar en Argentina en un contrato de Ulises parece una utopía. Discuten el impuesto a la riqueza cuando el impuesto a la pobreza, que es la inflación, impacta sobre todos, y más fuerte en las clases más débiles. Es como un contrato como el de Ulises que nos obligue, sabiendo que naturalmente nos tiramos al agua sin saber nadar. 

Argentina debe exportar más, y para eso es imprescindible un plan estratégico que implique mucho más que una rebaja de impuestos a las exportaciones. 

Bienes y servicios argentinos que se vendan al mundo y representen más de 100 mil millones de dólares, para comenzar a construir un escenario superador. 

*Docente en la UNC, la UCC y la US21

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Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado el 22/11/2020 en nuestra edición impresa.

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