Gatillo fácil: la confesión clave por el asesinato de Blas

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Wanda Micaela Esquivel nació en Mar del Plata hace 32 años. Bastante tiempo después, llegó a la provincia de Córdoba, donde se radicó. En pareja entonces con un policía, ingresó en la Escuela de la fuerza y a los nueve meses ya egresó como agente. A fines del año pasado se separó y junto a su pequeña hija buscaron otro lugar para vivir en la capital cordobesa. En febrero último, había comenzado a cursar la carrera de Abogacía.

Wanda permanece detenida, ahora con prisión domiciliaria, desde el 7 de agosto último. Imputada por los delitos de encubrimiento agravado y omisión de los deberes de funcionario público, ella es una de los cuatro policías que estaban en el control en el que Blas Correas (17) fue asesinado con balazos oficiales.

A diferencia de la mayoría de los 13 policías imputados que tiene la causa por gatillo fácil que dirige el fiscal José Mana, Wanda sí pidió declarar durante la instrucción. Y su testimonio, a modo de confesión, terminó por ser clave para esta investigación, según se lee en el expediente al que ahora tuvo acceso La Voz.

Wanda no sólo que dio un detalle pormenorizado de cómo los policías dispararon contra el Fiat Argo en el que viajaban Blas y sus amigos, sino que describió de manera profunda cómo plantaron un arma para intentar ensuciar a los jóvenes y quiénes fueron algunos de los altos jefes policiales que de una manera u otra comenzaron a estar al tanto de esta maniobra.

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Y hasta brindó más nombres policiales que aún no figuran entre los imputados.

Ante la fiscalía, Wanda recordó que después de que sus compañeros Lucas Gómez y Javier Alarcón descargaran no menos de seis balazos en dirección a la parte trasera del Argo en el control apostado en la avenida Vélez Sársfield frente al instituto Pablo Pizzurno, los cuatro agentes salieron en una supuesta persecución del auto blanco. Ella y Alarcón se subieron a una patrulla, mientras que a la otra treparon Gómez y la oficial ayudante Yamila Martínez.

Sin embargo, dijo, tras la rotonda De las Américas, perdieron de vista al auto que acababan de balear.

Aseguró que en ese momento, por la frecuencia policial del Distrito 3, el subcomisario Sergio González (imputado y detenido en esta causa por encubrimiento) les dijo que un desconocido le acababa de avisar a otro policía que había visto que desde el Fiat Argo habían arrojado “algo”. González le dio la orden a las dos patrullas para que rastrillaran la zona por la que acababan de circular.

Una aclaración importante: toda esta secuencia y la que se continuará narrando aquí, se hizo esa madrugada sin ningún tipo de control ni notificación judicial.

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Tras este primer rastrillaje en el que no hallaron nada, los cuatro policías volvieron a los móviles, momento en el que ella llamó por celular al cabo Leandro Quevedo. Este policía tiene un rol fundamental en toda esta historia, ya que supuestamente, antes del tiroteo, él había denunciado por la frecuencia policial que dos motociclistas acababan de señalar a los del Argo por un intento de robo.

Esta versión ya fue desechada por la Justicia, ya que dos meses después los motociclistas fueron localizados y negaron haber realizado una denuncia semejante, de la que tampoco hay ningún registro formal.

Lo que Wanda contó sobre este cabo Quevedo no deja de sorprender. “En el medio de la conversación -sin recordar cómo fue esa conversación, si fue ella o el llamó-, allí Quevedo preguntó si alguno de ellos tenía un ‘tango’, que ella manifestó que ella no tenía y que Quevedo también le dice que él tampoco tenía y el cabo 1° Alarcón le dice que sí que él tenía. Cuando se refiere a un ‘tango’ se refiere a un arma trucha”, se lee en el expediente.

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Según Wanda, Quevedo incluso fue más allá en estas conversaciones posteriores al tiroteo. Habría preguntado qué arma tenía Alarcón y le recordó que en las pistolas Bersa los casquillos saltan por la izquierda.

Plantar un arma

Tras ello, continuó relatando Wanda, ella y Alarcón se dirigieron en el móvil hacia la rotonda De las Américas, donde ya estaba estacionado el otro patrullero que intervino de manera directa en el gatillo fácil, además del subcomisario González. Los cinco descendieron y se pusieron a hablar allí, hasta que Gómez y Alarcón se fueron hasta el baúl del móvil de ella, lo abrieron, cerraron y luego dieron la orden de que todos volvieran arriba de los patrulleros.

“A la altura del Avión en la Ciudad Universitaria el cabo 1° Alarcón saca del chaleco un revolver, y le dice tomá y ella le dice que no, y le repite vos tomá y tiralo. Que en ese momento ella agarró el revólver y abrió un poquito la ventana y lo tiró. Que en ese momento fueron minutos de debilidad y que ella hizo lo que le dijo el cabo 1° Alarcón”, es otro párrafo revelador del expediente.

Wanda agregó que unos 100 metros más adelante del lugar en el que ella arrojó el arma “trucha” ya estaban los móviles de los jefes estacionados. Dijo que allí esperaban el subcomisario Enzo Quiroga, otro que operaba como “Torio” (el comisario inspector Walter Soria) y que segundos después arribó otro comisario inspector, Jorge Galleguillo.

A ellos, dijo esta mujer policía, les contaron qué había sucedido con el Argo y quiénes eran los que habían disparado en contra de aquel vehículo.

A esta altura del relato, ya se había constatado que Blas estaba muerto, luego de que otros policías interrumpieran el paso del Argo en la esquina de Corrientes y Chacabuco.

Pero aún la verdadera escena del crimen, la avenida Vélez Sársfield al frente del instituto Pablo Pizzurno, seguía sin ningún tipo de protección. Policías de diferentes rangos llegaban a ese sector y continuaban contaminado todo, sin control judicial.

¿Qué hicieron después de esa reunión informal con los jefes policiales? Wanda recordó que volvió al patrullero con Alarcón y que se fueron hacia la rotonda de barrio Las Flores, para luego regresar por Vélez Sársfield en dirección al Centro.

Contó que comenzaron a inspeccionar tachos de basura y otros lugares para intentar encontrar “algo que hubieran descartado desde el Argo”, hasta que Alarcón se bajó frente al Avión de la Ciudad Universitaria y le indicó a ella que avisara por operadora si las cámaras del móvil estaban funcionado.

Ante la respuesta afirmativa, Alarcón simuló que acababa de encontrar allí, de casualidad, el arma que Wanda había arrojado minutos antes por la ventana del móvil. En ese momento, declaró la mujer policía, llegaron al lugar del presunto hallazgo el subcomisario González y la oficial ayudante Martínez.

Mientras se acercaban con otro móvil para poder filmar mejor el presunto hallazgo de esa arma que en realidad acababa de ser “plantada”, el subcomisario González les dijo a los policías que “en el Argo no iban seis ‘saros’ (delincuentes, en la jerga policial), sino chicos”.

En Jefatura

En ese momento, ella y Martínez cruzaron a una estación de servicios para ir al baño y buscar agua caliente para el termo. Al regresar, ya había más patrulleros y la zona comenzaba a ser acordonada. En ese instante, González les dijo a los cuatro policías involucrados que tenían que ir a Jefatura.

Empezaba, entonces, la segunda parte de este relato. “Que cuando llegan a jefatura el subcomisario González, que ya había llegado, les dice que tienen que subir al primer piso, que tenían que entregar el procedimiento. Que allí los hacen esperar y les dicen que se sentaran en el piso de arriba porque estaba llegando la familia del chico fallecido, con el abogado y los chicos que habían estado en el auto”, se lee en el expediente la descripción realizada por Wanda.

Mientras abajo la conmoción y el desconcierto aún ganaban a los familiares de Blas, en el primer piso se escribía otra historia, dentro de esta misma trama.

Wanda relató que allí los cuatro policías fueron entrevistados por el comisario inspector Ludueña (jefe del Distrito 3) y el comisario Juan Gatica (jefe del CAP 3).

En el expediente se indica: “Que en ese momento Ludueña le pide a Alarcón que lo acompañe a unos metros de donde estaban todos y que allí se pusieron a hablar. Que ella no pudo escuchar de qué hablaban. Que cuando dejaron de hablar se acercaron a donde estaba el resto y el comisario inspector Ludueña les dice que se quedaran tranquilos que iba a salir todo bien. Que en ese momento estaba el comisario Gatica y les preguntó a los cuatro acerca del arma y que les dice si habían puesto el arma ahí, que la mira a la dicente y ella lo asiente con la cabeza y él la mira y le dice quédese tranquila que por guardia tienen varios robos calificados en esa zona y que lo dejen ahí al tema del arma”.

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Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado el 22/11/2020 en nuestra edición impresa.

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