El tráiler de la fantasía

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En noviembre de 1913, una sala de exhibición situada en Manhattan probó un nuevo método de publicidad para dar a conocer los próximos estrenos. Al primer tráiler o avance se lo describió así: “Un truco completamente nuevo y único”.

De aquel entonces hasta ahora, se han erigido poéticas del tráiler, algunas muy ingeniosas, como las que solía elaborar Alfred Hitchcock para algunas de sus películas, otras apenas síntesis de un argumento con la revelación inexacta de una estética y un ritmo, a veces no lejos de la retórica de una publicidad turística o automovilística.

Cine y publicidad se confunden bajo esta lógica, en tanto que el objetivo no es otro que despertar deseo e interés. O también vindicar una promesa y una cualidad.

Que la publicidad sea un instrumento de acciones y campañas de gobierno no es ninguna novedad. La ubicuidad de la difusión es un hecho naturalizado, un suplemento comunicacional añadido a cualquier acto mínimo asociado a la transmisión de imágenes.

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Más que consumo

No hay página web ni aplicación que no introduzca un nuevo artículo para adquirir. La oferta es sistemática. Pero no todo se circunscribe a la acumulación y el consumo, porque tales acciones tienen sentido en un contexto y un texto, es decir, en una comunidad y en un relato.

Y es aquí, justamente, donde el cine puede operar sobre nosotros, no devolviéndonos aquello que representa una imagen de los espectadores como meros consumidores. En el cine aún se puede soñar y conjeturar, porque es en esta invención en la que todavía se pueden proyectar, literalmente, deseos y fantasías.

Así y todo, el nuevo giro pragmático de nuestra cultura audiovisual permanente, una cultura que más que cine se parece a una publicidad permanente, consiste en producir el tráiler de acciones específicas de un gobierno cualquiera.

Como si recientemente se hubiesen estrenado El invencible agente naranja y El médico estratega, el aún presidente Donald Trump y el actual secretario de Seguridad de la provincia de Buenos Aires, Sergio Berni, producen un tráiler de cómo el primero venció al Covid-19 en menos de 72 horas y de cómo el segundo acabó en una mañana cualquiera con el desacato de los temibles usurpadores de las baldíos de Guernica.

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El placer narcisista que les provoca a los protagonistas de dichas fantasías reaccionarias, compaginadas como si se tratara de películas de superhéroes y generales, es tan evidente como la recepción silenciosa de los espectadores. Dejarse embaucar por la retórica del delirio ya no indigna a nadie.

Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado el 16/11/2020 en nuestra edición impresa.

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