Argentina y la necesidad de mirar el futuro con confianza

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El filósofo político Thomas Hobbes, hombre de vastísima cultura, planteaba en su famoso Leviatán, que en un Estado bien establecido “cada particular no se reserva más libertad que aquella que precisa para vivir cómodamente y en plena tranquilidad, ya que no quita a los demás más que aquello que los hace temibles”.

¿Y qué es lo que los hace temibles? Su propia fuerza, sus apetencias desenfrenadas y la inexistencia de la ley.

Si bien Hobbes consideraba que el hombre era el lobo del hombre, esa visión no era lo pesimista que supone su enunciado. Por el contrario, imaginaba que semejantes “fieras” podían convivir en una sociedad armónica y trabajar por el bien común. Sólo había que organizarse, tener un Estado fuerte que permitiría vencer el miedo a través de la construcción de un pacto social que evite que cualquiera pueda matar o ser muerto.

Lo paradojal era que pasaba de la “igualdad” propia del estado natural, que alentaba la violencia y la ley del Talión, a una desigualdad consensuada por medio de un pacto, con un rey supremo en un escalón muy superior a sus súbditos, pero aceptado porque les garantizaba el mismo trato ante la ley.

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Hobbes, desde hoy

Si Hobbes viviera en la Argentina de hoy, sería más optimista que el menos pesimista de nuestros conciudadanos. Además, por su sabiduría, vería posible calmar en el marco democrático y a través de un acuerdo social a las fieras vernáculas, que de un lado y de otro aúllan irresponsablemente, poniendo en riesgo la delgada línea institucional.

No se puede desconocer que Argentina está atravesando un temporal de características pocas veces visto.

Si a los problemas estructurales que tiene nuestro país desde sus orígenes como nación, le sumamos la tragedia que trajo aparejada la pandemia, la situación se asemeja a una tormenta perfecta.

¿Cómo actuamos los argentinos ante semejante panorama? Militando el pesimismo, lo que agudiza aún más los problemas. Basta ver televisión, leer un diario o acceder a las redes sociales para quedar devastado, con el ánimo por el suelo.

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Sin tener conciencia, alentamos la profecía autocumplida, el “efecto Pigmalión” negativo (efecto Golem). La psicología muestra que las expectativas y las creencias, tanto negativas como positivas, influyen decisivamente en el futuro.

La carga de negatividad que llevamos a cuestas vinculada con nuestra historia es fenomenal. Es cierto que las malas noticias venden más y superan por goleada a las buenas, pero necesitamos sumergirnos en una terapia que reduzca las malas ondas, de lo contrario el daño psicológico y espiritual será inmenso.

Optimismo

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Si nosotros no confiamos en nuestro futuro y no somos capaces de transmitir ni siquiera una pizca de optimismo sobre las capacidades de nuestro país, ¿qué institución, empresa o persona del extranjero podría hacerlo?

Además, la expresión “No hay solución” es limitante y afecta nuestra autoestima. La profecía autocumplida genera una expectativa que incita a las personas a actuar de una manera que hace que la expectativa se cumpla. Así, nunca podremos alcanzar un objetivo benéfico.

Sería una simplificación, una ingenuidad, pensar que nos va a ir mejor con sólo pensar que nos va a ir mejor, pero el optimismo sobre que las cosas pueden mejorar ayuda mucho.

Hay que trabajar duro para lograrlo, y un buen paso sería que la casta política enquistada desde 1983 a la fecha dé un paso al costado en las próximas elecciones, dando lugar a una nueva generación que tenga más conciencia sobre la importancia de valores como la honestidad, la humildad y la motivación, el respeto a la ley y la solidaridad con quienes la están pasando mal.

Los integrantes de esa clase política de generaciones anteriores deberían dar ese paso al costado con vergüenza y pidiendo disculpas por tanta ineptitud. No los va a afectar, tienen la vida hecha y, en la mayoría de los casos, un interesante patrimonio.

Estímulos

Quizás el resultado nos sorprenda, y nos ocurra lo del escultor Pigmalión, que se enamoró de una de sus creaciones, Galatea. Era tal su pasión por la escultura que la trataba como si fuera una mujer real, como si estuviera viva. Por obra de Afrodita, ésta, al ver conmovida el amor que Pigmalión sentía por la estatua, permitió que ella tomara vida.

No es una cuestión vinculada con la magia, sino con los estímulos y la confianza.

Si los ciudadanos somos tratados de manera distinta, también responderemos de manera diferente. Si hacemos nuestra parte y comenzamos a transmitir una mirada un poco más optimista ante tanta pena, quizás Afrodita, diosa de la belleza y el amor, se apiade de nosotros y podamos torcer el rumbo de la historia.

* Doctor en Ciencia Política y profesor titular de la UNC y UCC.

Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado el 16/11/2020 en nuestra edición impresa.

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