La inflación, o la prodigiosa e inútil memoria de Ireneo Funes

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   “Mi memoria, señor, es como un vaciadero de basuras”. Funes el memorioso. Jorge Luis Borges. 1942

Después de unos meses aletargada como producto de la pandemia, la inflación vuelve a tomar impulso. En agosto y en septiembre, el índice de precios creció hasta rozar los tres puntos porcentuales, aun con las tarifas de los servicios públicos congeladas hasta nuevo aviso. 

En Argentina, la inflación parece funcionar como la cabeza de Funes el memorioso, el protagonista de uno de los cuentos más conocidos de Jorge Luis Borges. Ireneo, tal el nombre de pila del personaje, tenía una memoria prodigiosa que le permitía recordar todo, absolutamente todo, hasta el más mínimo detalle, sin olvidar nada jamás. 

Incluso, había pergeñado un sofisticado sistema para nominar a los números, reemplazando a cada uno con una palabra o una frase que sólo él podía recordar. También había creado un catálogo mental de todas las imágenes que guardaba su memoria, organizado según una lógica que nadie más podía descifrar.

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A pesar de esa habilidad increíble, Funes no podía pensar. Sólo coleccionaba recuerdos, fechas, imágenes y números. Pero era incapaz de comprender, abstraer, generalizar. Sólo recordaba. Así pasó sus días, casi sin dormir, torturado por su infatigable memoria, hasta que murió de una súbita pulmonía, tirado solo en la cama en su rancho de Fray Bentos. 

La economía argentina muchas veces parece atrapada en el mismo laberinto que el personaje borgiano. Sobre todo, la inflación, el mal endémico que sufre nuestro país desde hace décadas, más allá de la aparente tregua de la convertibilidad. Los precios han sido el dolor de cabeza de todos los últimos presidentes, desde Ricardo Alfonsín hasta Alberto Fernández. Con distintas y hasta contrapuestas recetas, ningún gobernante pudo domar la persistente e incontenible alza de los precios.

La inflación está atrapada en la memoria económica de este país. Como si fuera parte de su esencia. Y claramente vinculada a otro recuerdo imborrable: el dólar. Sube una y sube el otro. Y viceversa. Nadie, ningún actor económico, desde la más grande de las empresas hasta el más pequeño de los ahorristas, da un solo paso sin tener en cuenta una cosa y la otra. Casi sin pensar, casi como un acto reflejo. Como impedidos de poder hacer otra cosa. 

Según un estudio de la Cámara Argentina de Comercio, durante los últimos 100 años la tasa de inflación promedio fue del 105 por ciento anual, con un máximo histórico del 3.079 por ciento en la híper de 1989. Sólo en la última década, los precios generales de la economía se incrementaron un 1.600 por ciento. Para muestra, un botón: en 2010, con un billete de 100 pesos se podían comprar 32 litros de leche; hoy no alcanza para dos sachés.

Con cada nuevo gobierno, la esperanza de que Argentina pierda su memoria inflacionaria se renueva. Que la olvide, que comience de cero. Como sucede en el resto del mundo, donde el alza de los precios es un dato marginal en las páginas de cualquier diario. Pero no. Parece imposible. A pesar de recordar todo, repetimos insistentemente el pasado, como si nunca aprendiéramos, como si quisiéramos tropezar con la misma piedra. Como Ireneo Funes y su prodigiosa pero inútil memoria.

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Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado el 17/10/2020 en nuestra edición impresa.

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