Por qué fue distinto el impacto de Falabella

Desde que, en la oficina de algún burócrata, a un genio hasta hoy desconocido de la comunicación política se le ocurrió la increíble idea de informar la cantidad de víctimas fatales de la pandemia con una payasa gesticulando para las infancias, todo lo que hace y dice el Gobierno sobre la emergencia sanitaria comenzó ser colado en un filtro contra camelos.

Al día de hoy, aún suena inverosímil que ese extravío haya ocurrido realmente. Fue todo un indicador del clima de desconcierto, empujones y regateos internos que impera entre quienes mandan. Pero también un punto de inflexión para la credibilidad de la palabra oficial. La misma palabra que en marzo pasado abrazaba unanimidades cada vez que exponía la estrategia común contra el enemigo invisible.

La cuarentena ha encontrado al fin su destino sudamericano. El Gobierno dice que existe. Y el Gobierno dice que no. Para el ciudadano de a pie, es una novedad antigua. De esas que el poder no termina de admitir por conveniencia. A la espera del último rédito que se le pueda exprimir a la excepción.

Como eso es negocio lejano y oscuro del poder, la sociedad en el llano sólo intenta reconstruir su normalidad. Ya comprobó que la nueva normalidad que le proponían sus gobernantes venía complicada con las piruetas de Filomena. Y giró sobre seguro. La pospandemia es algo lo suficientemente serio como dejarlo en manos de los gobernantes.

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Hubo dos grandes colas de espera en la ciudad de Córdoba durante la cuarentena. Una forzada por la improvisación de las autoridades: jubilados para cobrar sus haberes. Otra voluntaria, cuando lo permitieron los protocolos sanitarios, con los barbijos de estreno y aprendiendo a tientas las distancias seguras. Fue en la entrada de Falabella. Y de otras grandes tiendas que combinan posibilidades de paseo y compras.

La nueva normalidad que proponía el Gobierno era el derrumbe definitivo del capitalismo. La que eligió la sociedad fue mucho más modesta: comprar alguna chuchería para regalarle a los chicos encerrados, comparar el precio de una camisa, pararse a mirar en la pantalla de oferta la repetición del enésimo gol de Lio Messi.

¿Era algo nuevo? Para nada. Sólo la ilusión precaria de recobrar la normalidad antigua, allí donde el virus la acorraló en marzo.

La jefatura política del oficialismo desconoce esas sensaciones tan pedestres. Cristina Fernández forma parte de una oligarquía acostumbrada a aprovisionarse en las Galerías Lafayette, de París. Y a veces –cuando las malas– en El Corte Inglés, de Madrid. Mauricio Macri comprobó con duras críticas internas lo que implica dejar expuesto ese flanco.

Pero al gobierno de Cristina –ese que tiene delegado a desgano en el presidente Alberto Fernández– le conviene más que a nadie ponerse a trabajar para que Falabella se quede. Sus votantes bonaerenses podrán comprar Adidas de cuatro tiras en La Salada del conurbano. Y sus parientes lejanos, en las réplicas de esas ferias en el interior del país. Pero el aspiracional no es ese: no votarán por lo que tienen. Sino por lo que les falta.

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Cuando el ministro de Trabajo, Claudio Moroni, dice que las grandes empresas privadas se están yendo del país sólo por el contexto global de la pandemia, la sociedad sabe que ese argumento es falso. Que esa misma displicencia ya es toda una señal negativa que la Argentina ofrece a quienes quieren invertir.

Se sabe: la economía es un conjunto de comportamientos sociales sobre recursos escasos. No basta con enunciar objetivos. No le alcanzó a Mauricio Macri fijar metas de inflación. El proyecto de presupuesto del ministro Martín Guzmán es sólo su enunciación de objetivos.

La desidia con la cual el Gobierno no sólo no evita, sino que empuja, a empresas como Falabella para que abandonen el país, es la economía concreta. La de la vida real.

SÍNTESIS POLÍTICA

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El texto original de este artículo fue publicado el 16/09/2020 en nuestra edición impresa.

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