Economía circular: casos que mejoran la huella ambiental en Córdoba

Un joven de 20 años que recupera aceite usado y lo transforma en biodiésel. Una empresa de Río Cuarto que utiliza el mismo insumo, pero para producir energía eléctrica. Pymes agropecuarias del interior que convierten estiércol de bovinos y de porcinos, desechos orgánicos y hasta la cáscara del maní en luz y en gas. Una gigante mundial que fabrica camiones, tractores y cosechadoras, y que en el último Día del Niño repartió juguetes elaborados con cartones reciclados.

Desde pequeños emprendedores hasta grandes empresas de Córdoba están haciendo girar cada vez más fuerte la rueda de la economía circular para mitigar la huella ambiental con prácticas sustentables.

Carolina Ulla es la directora de la Licenciatura en Ambiente y Energías Renovables de la Universidad Siglo 21 y encabeza Aero, una empresa B (firmas que persiguen un triple impacto: ambiental, social y económico) de consultoría para compañías que le ponen fichas a la economía circular.

«Hay cada vez más empresas que están en esta transformación. Pero lo que hay que aclarar es que cuando hablamos de economía circular, es una reducción de la contaminación en todos los procesos productivos, no es solo reciclaje, que es apenas la primera vuelta del loop«, explica Ulla.

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Para la experta, es un cambio de paradigma que está enfrentando de manera acelerada el modelo capitalista tradicional de «obsolescencia programada». 

¿Qué significa eso? Por ejemplo, que una persona se come un turrón y el envase ya es algo obsoleto, supuestamente inservible, y se tira. Eso es la economía lineal. La apuesta circular considera que ese envase puede ser útil como materia de otro nuevo producto. Y que en la producción de turrón también hay que reducir indicadores de impacto ambiental. 

«Hemos tomado conciencia de que los recursos naturales son finitos. Entonces, la idea es producir de una manera más inteligente: sabiendo que la materia prima, en algún momento va a dejar de estar, pensar en cómo recupero lo que tengo para que, en el circuito de la tierra a la tierra, pueda ir generando más subproductos”, agrega Ulla. 

De allí que esa obsolescencia programada esté pasando a ser un concepto en desuso y la apuesta sea extender la vida útil. Como ejemplos globales se pueden citar los planes «canje» de Apple y de Samsung, que les pagan un monto a sus clientes para que reemplacen sus aparatos usados por nuevos, para restaurarlos y revenderlos, o hacer una disposición final de los mismos que contamine lo menos posible. 

Otro cambio de paradigma es que los programas ambientales dejan de ser parte de una dirección específica y pasan a ocupar a todas las áreas de las compañías de manera transversal. Y también la conciencia de que el consumidor del futuro estará cada vez más atento a cómo se producen los bienes que demanda, por lo que ser una empresa B ya es un valor agregado. 

Nuevas generaciones y cambio cultural

Para Ulla, el empuje de las nuevas generaciones es clave para que se estén produciendo estas transformaciones en las formas de concebir la producción y los negocios.

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«Los jóvenes no ven a los residuos como algo que molesta, sino como una oportunidad de hacer dinero. Y, además, en el caso de los que están en compañías familiares, fuerzan a sus padres a modificar sus planes, porque al modelo de negocio, tal como está concebido, no lo quieren continuar», describe.

Bruno Busconi es alumno de la Licenciatura en Ambiente y Energías Renovables de la Universidad Siglo 21 y es un ejemplo: con sólo 20 años, desarrolló un emprendimiento en el que cada 15 días recoge aceite usado de cadenas de hamburgueserías y en restaurantes. Con un método casero, lo convierte en biodiésel que utiliza en su camioneta y en los vehículos de la empresa avícola de su padre.

«El 50 por ciento de la basura que arrojamos todos los días es materia orgánica. Si la convertimos en algo útil con compost o con un biodigestor, es menos basura y a la vez una materia prima sin costo para producir», explica.

Otro ejemplo es el de dos jóvenes extranjeros, Julien Larrencon y François Nolet, que en Colonia Caroya desarrollaron una «industria del insecto«: usan larvas de mosca para degradar desechos orgánicos y crear un biofertilizante. Y ya consiguieron un gran cliente: la fábrica de papas fritas Mc Cain, ubicada en Balcarce (Buenos Aires). 

Pero la apuesta no es potestad exclusiva de los pequeños emprendedores. En barrio Ferreyra, al sur de la ciudad de Córdoba, CNH Industrial es una gigante que produce camiones (a través de la marca Iveco), tractores, cosechadoras y motores, y que impulsa un modelo de gestión de sus residuos que tiene como objetivo máximo lograr un «cambio cultural», no sólo puertas adentro de la empresa, sino en la familia de cada uno de los empleados.

Un ejemplo: para el último Día del Niño, enviaron 18 toneladas de cartón a la fábrica de juguetes ecológicos Ondulé (también es una de las empresas B de Córdoba), que los transformó en más de 1.200 implementos didácticos, que se repartieron entre empleados de las plantas de CNH y en el Hospital de Niños.  

Lorena Eberhardt, coordinadora de Medio Ambiente de CNH en Córdoba, cuenta que el proceso de recuperación de residuos se hace a través de una «isla ecológica», en la que se separan y segregan, dependiendo del tipo de desecho.

«El objetivo es que el 100 por ciento de lo que generamos tenga una segunda vida. Lo que ya no se puede reutilizar, se envía a Holcim para que lo usen en el quemador para fabricar cemento. Y los residuos orgánicos del comedor se destinan a compostaje», explica Eberhardt.

Otros ejemplos que citó son parasoles que se construyeron con cartón reciclado o bolsas de nailon elaboradas con el material extraído del packaging en el que llegan envueltas las piezas de las maquinarias y que los operarios también se llevaron como obsequio a sus hogares.

«Tenemos puesto el gran esfuerzo en transformar una cultura, con pequeñas acciones que puedan generar grandes transformaciones. Llevar estos conceptos a cada casa es nuestra forma de ayudar a prestarle más atención al medio ambiente», completa Erika Michalick, gerente de Sustentabilidad de CNH Industrial para América del Sur. 

El marco legal, un aspecto clave

Para Carolina Ulla, los marcos legales son fundamentales para acelerar los procesos de reconversión de las industrias hacia modelos más amigables con el ambiente.

Un ejemplo es Chile, con la Ley de Responsabilidad Extendida: las empresas no sólo son responsables por los productos que vuelcan al mercado, sino también por su disposición final.

«Antes tenían que responder solamente por lo que hacían puertas adentro de la industria; ahora también deben encargarse de velar por la ‘muerte’ del producto en la calle», destaca Ulla.

Y agrega que buenas normativas, además, pueden significar un ahorro para los gobiernos. «Los municipios destinan más de 60 por ciento de sus recursos al aseo y a la recolección y el tratamiento de residuos. Si se hiciera un manejo inteligente, podrían estar más aliviados y liberar recursos para otros fines», asevera.

Qué son los ODS

Los objetivos de desarrollo sostenible, también conocidos como ODS, son impulsados por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) desde 2015, con miras a 2030.

Las acciones abarcadas por la economía circular “dialogan” con varios de esos objetivos, como por ejemplo.

Energía asequible y no contaminante. Implica garantizar el acceso a una energía asequible, segura, sostenible y moderna.

Industria, innovación e infraestructura. Apunta a la construcción de infraestructuras resilientes, promover la industrialización inclusiva y sostenible y fomentar la innovación.

Acción por el clima. Es la adopción de medidas para combatir el cambio climático y sus efectos.

Producción y consumo responsables. Modalidades de producción y consumo sostenibles.

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