Dev-orando la palabra de Dios

Desde hace varios años, la Iglesia Católica celebra en septiembre el “mes de la Biblia”, Es un período para renovar la centralidad de la Sagrada Escritura en nuestra oración personal, familiar y comunitaria, como un tesoro inagotable, una fuente de vida.

El motivo principal de esta celebración es que el 30 de este mes es la memoria de San Jerónimo, su primer gran traductor al latín popular. Pero este año tiene un tinte especial, ya que ese día se cumplirán 1.600 años de su fallecimiento. Desde los primeros cristianos, el día de la muerte de un santo o santa era llamado dies natalis, es decir, el día de su natalicio para la vida eterna.

Para escribir este artículo he consultado al padre Horacio Saravia, párroco de la iglesia San Jerónimo, gran conocedor de la figura de este.

San Jerónimo (340-420) fue sacerdote, anacoreta, teólogo, historiador y sobre todo exégeta.

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Su pasión por la palabra de Dios lo llevó a interpretarla y a vivirla en situaciones difíciles, a causa de su frontalidad con las clases altas siempre reaccionarias, o con su hermosa iniciativa de creer en la mujer, instruyendo a Marcela, a Paula, a Eustaquia, a Fabiola y a otras tantas que fueron coherentes con su maestro exégeta.

Dificultades e incomprensiones lo llevaron a buscar la soledad en Belén; allí lo encontró la muerte, precisamente donde nació Jesucristo, la palabra hecha carne. ¡No podía ser de otra manera! Es considerado uno de los padres de la Iglesia Latina, junto a Ambrosio, Agustín y Gregorio; en 1295 fue proclamado doctor de la Iglesia por su erudición y sabiduría.

Jerónimo Luis de Cabrera, fundador de Córdoba, decidió que esta ciudad tuviese como protector al santo cuyo nombre llevaba el adelantado, por lo que San Jerónimo es patrono de Córdoba desde su fundación, en 1573.

Es providencial y desafiante que nuestra Córdoba, considerada históricamente por su intensa vida universitaria como “la Docta”, tenga como patrono a este santo doctor.

Nos interpela a ser apasionados por la Sagrada Escritura, la sabiduría más alta. Y, como San Jerónimo, a alimentarnos de ella en la oración: “Cuando se presentaban tus palabras, yo las devoraba, tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón…”. (Jeremías, 15,16).

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*Sacerdote católico, miembro del Comipaz

Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado el 15/09/2020 en nuestra edición impresa.

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