La estructura tributaria una vez más revisada, otra reforma amanece y van…

Presión que, además, no es correctamente medida. Efectivamente, el costo de servicios esenciales que debe prestar el Estado, suele hacerlo ineficientemente, erróneamente, o no lo hace. Este hecho obliga a suplantarlo por servicios privados que importan cargas adicionales. Sin embargo, estos adicionales, que salen de la misma capacidad contributiva, no se tienen en cuenta en ese indicador.

En suma, la presión tributaria, tal cual lo indica el artículo XXXVI de la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre, reflejo de la obligación de contribuir para contar con servicios esenciales (salud, seguridad, educación, asistencia a los adultos mayores, etc.), se torna vacía de contenido, porque el deber de tributar no tiene debida y adecuada contrapartida. Sin embargo, el ir y venir, cual serrucho ascendente de las reformas muestra a través del tiempo una suba inexorable. La actualidad es calificada como insoportable.

La característica de este derrotero ha sido la desnaturalización del tributo, consecuencia de haber entronizado la recaudación como magno e insustituible principio. Legisladores, administradores y juzgadores, sin interrupción de continuidad, con argumentos diversos pero con un mismo fin, le dieron más y más salud a este nuevo y falso principio. La razonabilidad, la legalidad, la legitimidad, pasaron, a ser “vocablos desaparecidos” del léxico tributario.

2| Derechos de los contribuyentes

Los derechos de quienes tributan, los derechos de quienes aportan, no son debidamente tratados, pero, son necesarios para el sostén de un país decadente.

Los derechos de estas personas, reforma a reforma, muestran los mismos altibajos que los tributos, pese, a que a veces suelen encenderse luces de esperanza pero, como la estrella fugaz se apaga rápidamente, no por derogarse sino por desoírse, especialmente por las Administraciones Tributarias, aunque el legislativo, como el jurisdiccional, hacen de las suyas, y así, los contribuyentes no ejercen debidamente esos derechos, menos hablar de goce, tal cual lo expresa el convencionalismo humanista que supimos conseguir con la reforma constitucional de 1994.

3| El naufragio institucional

El 6 de setiembre de 2020 se cumplieron 90 años de desacierto. Sí, 90 años de aquel aciago 6 de setiembre de 1930 cuando se interrumpió la democracia en la Argentina, y que hechos posteriores convalidaron el ultraje constitucional; fuera porque una acordada de la Corte convalidaba la legitimidad del gobierno que surgía de una asonada militar; fuera porque comenzó a pergeñarse la detracción de las potestades tributarias provinciales, se dicta la Ley 11.586, antecedente del impuesto a los réditos, que se incorporó al acervo tributario argentino por emergencia por solo diez años. Sin embargo, pasó el tiempo, la emergencia se renovó, le cambiaron el nombre, “impuesto a las ganancias”, pero es la misma criatura y goza de buena salud; pasaron 88 años.

Esta y otras imposiciones nacionales, propiciaron la creación del régimen de Coparticipación Federal y así se borrarían los últimos vestigios de federalismo tributarios (¿qué paradoja? “coparticipación federal” para borrar el federalismo). Este esquema, en el tiempo, permitiría al Estado Nacional hacer un uso discriminado de fondos, y de esa manera construir una postura fiscal dominante (cierta jurisprudencia así lo afirma).

Este breve recordatorio, ha significado que hoy el carácter representativo, republicano, federal navega en aguas turbulentas.

4| El realismo socioeconómico

La realidad es fuente de verdad y cuando mediante alquimias legales, reglamentarias o expresiones jurisdiccionales se desconoce, solo surge el distracto que importa perjuicios, tanto al hombre, como a la república.

La negación de la realidad en el orden tributario, fueron numerosas, tantas que se negó hasta la inflación. Pregunta: ¿cuánto llevó al Poder Judicial reconocer que había que ajustar por inflación?

Pero la gravedad, y me atrevo a decir, gravedad institucional, radica que ese desoír la realidad ha bosquejado no se cuanta reforma, cien doscientas, da lo mismo; las consecuencias son el problema. Así, el sistema se convirtió en régimen, el régimen, lamentable es decirlo, en un cúmulo anárquico normativo, por ser incongruente con la Constitución y las Convenciones Internacionales.

Emergencias, urgencias, justifican la irrealidad, y la negación de la realidad, a su vez, niega la trilogía principista sobre la cual debe asentarse el sistema: legalidad (la forma), razonabilidad (la sustancia), legitimidad (el reconocimiento irrefutable).

5| La reforma tributaria

En tiempos aciagos como los actuales, tratar de practicar una reforma como la insinuada es desaconsejable, son tiempo de reparación, de restauración, de reinicio, de medidas tratando de hacer soportable lo insoportable, de tomar conciencia del desaguisado que enfrenta el país.

Pensar en una reforma, Sí, porque cuando la emergencia cede, llega la reconstrucción y para ese tiempo, Sí. Por eso, y para no reiterar los errores del pasado, una reforma tributaria debe ser el resultado de un análisis y debate profundo de la realidad social, cultural, política y económica de la Nación; incluyendo el debate social, porque se requiere la internalización, la comprensión del nuevo modelo.

Se requiere diseñar la estructura social, la cual deberá atender las premisas culturales y las diversidades regionales que se presentan; estará signada por parámetros que imponen, como máxima finalidad, la dignidad de vida, y de allí, todos los derechos y deberes enunciados en nuestro magno ordenamiento.

Repensar la estructura política federal, la cual muestra una desproporcionada distribución representativa.

Superado el diseño socio – político, se deberá avanzar en la estructura económica, donde se planteará el país que la sociedad elegirá. Podrá recurrirse a un país cerrado y basado en el consumo. Un país abierto al mundo basado en la producción agroindustrial exportadora o industrial exportador. O, cualquier otra postura. Idearios, usos, costumbres, realidades, idiosincrasia, serán el sustento de la elección final.

Luego de estas definiciones, vendrá el tiempo de diseñar el cómo, es decir, el plan económico que haga efectivo y posible las aspiraciones finalistas mencionadas.

Entonces Sí, será el tiempo de la reforma tributaria, que antes que reforma, debe ser concebido un modelo estructural, que dé cabida a la realidad, a los derechos de las personas, y al resguardo del hábitat humano (medio ambiente y recursos naturales).

6| Consideraciones finales

Estas líneas están motivadas en la ansiedad de recuperar el perdido ideario constitucionalista humanista, que hoy se impone en el mundo donde, entre las urgencias, requiere la conservación del hábitat humano para quienes transitamos este mundo pero, en especial, para las futuras generaciones, que es la obligación de la humanidad, de todos nosotros, porque es el legado para quienes nos sucederán en la tierra.

Por esta y otras muchas razones, debe recuperarse el sistema tributario. Me permito recordar palabras de quien, lamentablemente nos han dejado pero, viven sus sabias apreciaciones. Uno de los ilustres decía “es necesario, imprescindible y urgente” y se refería al Código Tributario, que lo tienen todas las provincias, más no la Nación, esta expresión del maestro Giuliani Fonrouge, la citaba en 1962, pasaron 68 años, y hoy tienen plena vigencia.

Otra frase, imborrable en lo personal, por la circunstancia en que las leí, fueron pronunciada por el Maestro, Vicente Oscar Diaz que, refiriéndose a los derechos del contribuyente, dijo que la Constitución y las Convenciones Internacionales jerarquizadas constitucionalmente constituye la “Carta Magna de los derechos fiscales del contribuyente” y, en verdad, basta un repaso por las disposiciones de estos ordenamientos y no hay libertad, derecho o garantía, que no se enuncie. La clara videncia de esta expresión se enfrenta con la negación sistemática, y la inaplicabilidad, suplantándolo, en lo procesal, por procesos oscuros, sombríos, ininteligibles, incluso hasta la inexistencia, que hacen del debido proceso fiscal una utopía.

El resurgir del sistema tributario será una certeza el día que haya administraciones que entiendan la realidad argentina; la vigencia de la Constitución; la preminencia del Estado de Derecho Democrático Constitucional Convencional Humanista; que sea una consecuencia de la economía, y así seguramente se ganará en seguridad jurídica. Quizás entonces, hasta la evasión podría perder entidad porque el hastío, la carencia de inversiones, la pobreza, en uno de los países, quizás más rico del globo, es la cotidianeidad.

No es casual el enunciado del premio noble de economía Simon Kuznets, cuando sostuvo que hay países desarrollados, en vía de desarrollo, Japón y Argentina, aquél porque renació de las cenizas de la guerra y éste porque practicó la decadencia en el mismo lapso de tiempo.

Sin embargo, la esperanza es lo último que tiene para perder el hombre, porque es un bien que no está gravado por impuesto, es inherente al ser humano e infranqueable para los demás. Por estas razones, cabe culminar esta nota parafraseando al ilustre español Sainz de Bujanda, “…la Administración propende, a medida que aumenta su poder, a desconocer los derechos de la persona individual; sacrificándolos en aras de un llamado interés superior que, muchas veces, no en otro que el de los equipos gobernantes y el de sus clientelas políticas.” Esta referencia, lleva a la prosecución de la cita, que dice “Misión de los tributarios es luchar sin tregua para que las metas del bien común no se manipulen ni tergiversen con el propósito de justificar la lesión o el despojo de los intereses individuales legítimos, donde es imperativo no debilitar los resortes que garantizan los derechos de cada contribuyente en el marco de las relaciones intersubjetivas con la hacienda Pública”.

Nada más cierto hoy, el rol de los tributarios es este, inmiscuirse en la problemática argentina desprendido de todo ego, con la humildad de la sapiencia y propiciar el aporte desinteresado de todo personalísimo; son días aciagos para la república, son días, donde solo salimos de este atolladero, juntos; por eso, cada uno, del rol que hoy se ocupa en la sociedad, se tiene la obligación moral de aportar.

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