Entre protocolos y soledades: cuando el coronavirus se lleva a un ser querido

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Si perder a un ser querido es una de las situaciones más dolorosas que puede vivir un ser humano, el contexto de la pandemia por coronavirus genera un malestar extra a la situación, que es singular y única en cada persona y en cada familia.

Protocolos estrictos que no permiten el contacto, falta de comunicación y de coherencia entre las medidas en algunos casos, agregan un manto de angustia e incertidumbre a la vivencia.

Marcelo Alcaraz tiene 62 años. Su madre, Norma Spila, murió con 84 años por Covid-19 y fue una de las contagiadas del geriátrico de Saldán, el primer brote conocido en la provincia de Córdoba.

“Fue muy difícil y muy rápido. Creo que recién te cae la ficha uno o dos meses después”, dice hoy Marcelo, quien visitaba a diario a Norma. Desde que sufrió un ACV hace unos cuatro años, Marcelo decidió alojarla en esa residencia para adultos mayores con el fin de que recibiera una atención constante. Pudo tener contacto por última vez con su madre a mediados de marzo.

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Marcelo la vio dos veces más, pero desde fuera de la residencia Santa Lucía, luego de lo cual le avisaron que la trasladaban al Hospital de Clínicas con hisopado positivo.

“Sólo la pude ver cuando la bajaron de la ambulancia y entró al hospital. Después no pude entrar ni siquiera teniendo el traje especial. Ella no podía hablar bien por su hemiplejia y estaba sola en un pabellón con otro paciente. Dejé un celular para comunicarme con ella que sólo atendieron dos veces”, explica Marcelo, quien aún se angustia por no haber podido acompañar a su madre en sus últimos días.

“Me quitaba el sueño saber que ella no entendía bien lo que le estaba pasando, que pensara que la abandonamos”, agrega.

A ello se le sumó el robo de las pertenencias de su madre. “Cuando murió, fuimos al hospital y me dieron una bolsa sanitizada, pero por precaución la dejamos en el baúl unos días. Cuando la abrimos, no tenía la cadena de oro ni el anillo de mi madre”, asegura.

No hubo velorio y sólo él pudo entrar al entierro del cajón en el cementerio. Su mujer y sus hijos se quedaron en el auto.

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“Yo entiendo lo del virus y respeto las medidas, pero es muy doloroso, no se lo deseo a nadie. El derecho a asistir a otra persona está por sobre cualquier protocolo, aunque sea acotado y respetando todas las medidas, pero es algo”, concluye.

“A cualquiera”

Natalia Ferreyra perdió a su padre, Jorge Ferreyra, contagiado de Covid-19, la semana pasada y su sensación es que la gente aún no toma conciencia de que esto le puede tocar “a cualquiera”. “Creo que hay mucha falta de información, mezclada con ignorancia sobre la letalidad del virus”, dice conmovida.

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“Mi papá comenzó con síntomas de tos y fiebre a principios de agosto y –a pesar de tener 75 años, diabetes tipo 2 y ser hipertenso– desde el COE nos decían que esperáramos para el hisopado. Después llamamos a la obra social. Ellos nos decían una cosa y el COE, otra. Finalmente mi hermana lo llevó en su auto a hisoparse al Allende y allí se contagió”, recuerda.

Jorge estuvo internado una semana en el sanatorio Allende, donde Natalia asegura que recibió una muy buena atención y trato humanizado. “No lo pude ver en su internación, pero lo entendí. No estoy en contra de los protocolos. La misma médica de la terapia lloró conmigo por no poder dejarme entrar y lo entendí. Nos mantuvimos conectados por videollamadas”, explica.

Lo que le generó complicaciones fueron los distintos criterios con los hisopados y con los traslados. “A mi mamá al principio no quisieron hisoparla y luego le indicaron que no podían ir a su casa, que se tomara un taxi para ir a la clínica. Sin embargo, con mi hermana, los de la obra social fueron a hacerle el test a su casa”, compara.

Agradecido. Beto Beltrán celebra poder seguir disfrutando de su mamá. (Gentileza Beto Beltrán)

Jorge, que era contador y aún seguía trabajando, estuvo internado una semana. El día que le dieron un alta prematura tuvo que pagar una ambulancia para que lo llevara a su casa y no poner en riesgo a sus hijos. Esa misma noche volvió al sanatorio porque no se sentía bien.

“Tuvo un infarto y luego un derrame cerebral. Estuvo en coma durante cuatro días, donde lo veía a través de un vidrio, y luego murió”, narra Natalia sobre esos últimos momentos.

Lo más doloroso estuvo acompañado de la soledad: “Me dieron una bolsa con un cartel de residuos patógenos. No puedo explicar lo que fue caminar con eso, sentí que llevaba el cuerpo de mi papá. Todo lo demás fueron trámites en la funeraria, en el crematorio”.

Natalia aún espera el alta de su madre y el de su hermana para poderse abrazarlas.

“Lloré sentada en la vereda de la casa de mi madre, viendo cómo ella y mi hermana, desde dentro de la casa, apoyaban la cabeza contra el vidrio. Abracé un auto, el tronco de un árbol, me tumbé a llorar contra el pasto (…). La ausencia de quien se fue es contundente desde el minuto uno, porque después no hay nada. No hay pésames sociales, ni tazas de café, ni coronas de flores, ni cortejo, ni velorio, ni entierro. Nada”, escribió Natalia el domingo pasado en una columna en La Voz.

Final feliz. “Beto” Beltrán sintió de cerca la posibilidad de no poder abrazar más a su madre. Pero, en su caso, tuvo un final feliz. Con 92 años, Laura Fonseca sobrevivió al Covid-19 y a 14 días de internación. Laura residía en el geriátrico Padre Claret, donde se contagió. Estuvo internada en el hospital Rawson. La preocupación del periodista pasaba por el temor a que la soledad complicara el estado de salud de su madre. “Ella no se acuerda qué hizo el día anterior, entonces de repente despertar en un lugar donde te atiende gente vestida de astronauta y que te saca sangre no debe ser nada lindo. Por eso le grabábamos videos y les pedíamos a las enfermeras que se los mostraran”, recuerda Beto, agradecido de poder seguir disfrutando a su mamá.

Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado el 8/09/2020 en nuestra edición impresa.

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