Doctores sin doctorado

Todos los años, los 29 de agosto, en cada pequeña o gran localidad de Argentina, se observa a personas que cortésmente se saludan, aunque con gesto adusto y la misma solemnidad con la que se les escucha hablar. ¡Feliz día, doctora! ¡Feliz día, doctor!

Pero este año nos despertamos con un Día del Abogado en pandemia, recordando a quien decía que era “una carrera que servía para todo”, mientras fijamos la vista en nuestra colorida biblioteca que se extiende de pared a pared resguardando preciados tesoros… ¡Reliquias para un mundo que ya no existe!

No hubo posibilidad de hacer lugar a demanda alguna que reclamara volver a la normalidad. Nadie confiesa ser parte del nexo causal que nos colocó en este estado.

Los culpables no se hallan con nitidez; la responsabilidad por el ahogo emocional de este padecimiento no puede procesarse desde un hábil litigio ni encontrar su contrapartida en una audaz estrategia defensiva. ¿Seremos los abogados un blanco fácil del virus?

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En pandemia, también se necesita hacer valer derechos; conciliar perspectivas reclamadas a gritos de un lado y del otro del barbijo; hacer justicia; redactar normas que regulen la nueva convivencia social, y actuar sin demora para hacerlas cumplir. Sí, ¡y con abogados en todos los casos!

Se levanta el telón y el mundo se digitaliza en algoritmos, emerge la tecnología apta para cualquier intercambio, se suceden sin pausa datos ordenados que necesitan ser cuantificados, ¡justamente cuando el pasado nos llevó a estudiar y refugiarnos en las letras para escondernos de esa lógica de los números!

La fuerza de la realidad nos empuja a presentarnos en escena exigiéndonos hablar lo suficientemente breve para que puedan dedicarnos el tiempo que ya nadie tiene; lo suficientemente claro, pues pocos estarían dispuestos a traducir tecnicismos innecesarios, y lo suficientemente útil para justificar resolver las diferencias ante un estrado y con encuadre legal, antes que a los golpes y sin barbijo en alguna esquina.

Nuestra más valiosa caja de herramientas –los instrumentos normativos y precedentes jurisprudenciales– se cargan como prolijas reglas de un juego en desuso; por momentos poco claras y muy dogmáticas, rebuscadas para laberínticas soluciones. Infelizmente, poco justas.

Sin duda que sólo entendiendo el bravío mar que golpea nuestras endebles costas desde las que miramos azorados en las islas del saber, podremos buscar las destrezas que nos ayuden a navegar hacia los objetivos de labor sin temor a naufragar. Estrategias de salvataje para este nuevo mundo que –desde antes de la pandemia– viene cambiando a un ritmo que supera nuestra capacidad de reacción.

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Y, sobre todo, sumar aquella unidad que a todos nos faltó, doctores sin doctorado, sea cual fuere nuestra magna casa de estudios: la empatía. Esa que nos permitiría fácilmente vestir el ropaje de quien sufre, de quien espera una decisión, de quien busca ser amparado en un derecho, de quien necesita unas palabras que lo guíen o una voz que lo defienda del modo en que ellos mismos lo harían si tuvieran nuestras herramientas.

Como ciudadanos, clamamos por hacer efectivos nuestros derechos, ahora que nos sabemos vivos y habiendo tomado cabal conciencia de nuestra finitud tras la pandemia. Como abogados, tomemos el desafiante contexto como oportunidad para repensar nuestra labor como puente para servir a la Justicia.

*Directora del Instituto de Gestión en Sistemas de Justicia, Facultad de Derecho-UCC

Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado el 8/09/2020 en nuestra edición impresa.

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