Vicente Luy y Alberto Mazzocchi: dos poetas trágicos de Córdoba

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No sólo negada al río, Córdoba tiende además a olvidar a quienes han hecho fluir sus versos entre el cemento a través de la corriente de décadas. En sintonía con una poesía global que resiste la estandarización con tenor minoritario, dos editoriales locales han apostado este año por volver a circular a dos poetas paradigmáticos de la ciudad, testigos y reflejo de su tiempo, conocidos por un público de culto o directamente lindantes al olvido.

Marcados por halos trágicos (alguien dirá malditos), dispares en casi todo pero enlazados por internaciones psiquiátricas, sacrificios artísticos y desenlaces suicidas, Alberto Mazzocchi y Vicente Luy consiguieron a su modo una trascendencia póstuma que los hace hablar hoy, con intimidante claridad, en antologías que no obedecen sino a sus geografías individuales.

Córdoba, en efecto, no es mencionada ni una sola vez por el varillense Mazzocchi, cuya breve obra se compila en Vida, muerte y poesía (Postales Japonesas) a 60 años de su deceso. Nacido en 1937 y muerto en 1960 a los 22 años en circunstancias sensacionalistas que le habrían ameritado biopic en Hollywood, Mazzocchi cultivó de la nada una pluma de lírica impresionante que conversa con Lorca, Vallejo, Rimbaud o Neruda.

En sólo cuatro años dejó una huella grabada en piedra de interioridad huracanada, caudal hipnótico, embriaguez mística y vitalismo salvaje; el soliloquio bucólico, el ensueño exótico o el autorretrato galante alimentan sus textos.

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“Yo soy el muchacho/ que el otro día se compró unos guantes/ en la casa de moda masculina, The Brighton;/ y que se los pone/ para que las muchachas de cabello lacio/ y boca sombría de ágata/ lo crean persona distinguida;/ cuando él,/ gran personaje parecido a Bécquer/ y que tiene la ropa interior remendada/ duerme en la cocina de su casa/ y tiene los zapatos agujereados”, escribe.

El “Expediente Mazzocchi”

Las visiones afrancesadas con las que transfiguraba la realidad no le impedían exhibir la humildad de su origen. Ese otro lado biográfico se detalla con exhaustividad inédita en el “Expediente Mazzocchi”, un apéndice fascinante preparado por Iván Wielikosielek que acapara casi la mitad del libro y en el que caben testimonios, entrevistas, correspondencia, reseñas, artículos y cronologías.

Allí se registra un perfil decisivo de Mazzocchi a cargo de Federico Undiano, el dramaturgo radicado en Francia y fallecido en 2000 que mantuvo un lazo de pasión platónica con el poeta, receptó sus manuscritos y devino difusor de su obra.

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Obsesionado hasta lo fantástico por Mazzocchi , Undiano detalla la inestabilidad existencial del retratado: los intentos de suicidio para saltarse el servicio militar; los escapes perpetuos de una madre que lo asediaba –hacia Buenos Aires, al interior, al Uruguay-; las internaciones con electroshocks; las amantes en alternancia con la ambigüedad homosexual; y las andanzas nerviosas en una Córdoba de fines de la década de 1950 en la que resuenan postas como los bares del Crillón y el Windsor, el Museo Caraffa, el Cine Odeón, la heladería Soppelsa o un centro de escasas cuadras.

“Un dramático episodio ocurrió frente a numerosos testigos”, reza el título de la nota de La Voz del Interior del sábado 6 de febrero de 1960 que el volumen reproduce. El día previo Mazzocchi había intentando escapar de la policía en las cercanías del Parque Sarmiento, que lo perseguía por haber secuestrado a su esposa a punta de pistola. Después de recibir un disparo en una pierna y sabiéndose arrinconado, se pegó un tiro.

En ningún lado se consignó la dedicación artística de Mazzocchi, que había publicado solo dos poemas bajo seudónimo (“A Paul Eluard” como Mariette Vibert en la revista cordobesa Laurel: Hojas de Poesía, y “Epístola a Dylan Thomas” con firma de Iván Schlav en el semanario Marcha de Montevideo). Recién en 1985 saldría en Francia una primera edición destacada de su obra –Poèmes-Poemas, Editions L’Harmattan–, que lo puso en la égida de la indagación académica.

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Todo luce cifrado por el mito en el “Expediente Mazzocchi”, que reporta el propio presagio del poeta acerca de su sobrevida. “Decía cosas como la que pasó: que iba a ser publicado en París y difundido desde allí al mundo. Por eso llama tanto la atención que después de 20 años un señor lo publique en Francia”, señala la artista Niní Bernardello, expareja de Mazzocchi.

El pintor Oscar Brandán cuenta una anécdota graciosa de cuando echó al poeta de su atelier: no le tenía confianza como para dejarlo encerrado con sus cosas. “Le dije ‘te vas y te vas’. Y lo empujé. Él se terminó yendo a regañadientes, gritándome ‘¡Hacé de cuenta que estás echando a Beethoven!’”, recuerda.

La soledad

“Siempre me llamó la atención que, cuando vio concluido su retrato a lápiz por Undiano, le dijera a su amigo ‘que sea la tapa del libro en el que logres publicar mi obra’. Daba por sentado que su poesía era importante y moriría antes de verla editada”, reconoce Wielikosielek.

Y agrega: “El ‘Expediente Mazzocchi’ es mi humilde aporte a una ciudad que ejercita demasiado la invisibilidad y el olvido. Compilar los fragmentos de cartas que Undiano me envió junto a notas y entrevistas me pareció un deber, casi un mandamiento. Ningún otro poeta nombró la ‘soledad’ como él (excepto Pessoa, aunque de otro modo). La soledad de Mazzocchi no es la del hombre que no tiene a nadie sino la de quien no tiene interlocutor espiritual en el universo. En su poesía convergen el romanticismo tardío y el simbolismo, la vanguardia y los evangelios; y a pesar de ser parte de la renovación, terminó escribiendo como un clásico. En pleno siglo de la deshumanización intentó vivir de acuerdo al postulado de Hölderlin que dice que ‘el hombre habita la Tierra poéticamente’. Esa fue su apuesta sin concesiones. Y el suicidio un acto radical al constatar esa imposibilidad. Eso lo emparenta con los poetas desesperados, desde Lautréamont y Rimbaud a Serguéi Esenin y Alejandra Pizarnik, cuya obra prefigura”.

Y cierra: “Muchos hablan de la ‘locura’ de Mazzocchi. Sin embargo, su poesía es de una lucidez extrema; la de quien está haciendo equilibrio para no caer en el vacío. Y esa es una lucidez que asusta y asesina”.

Honestidad brutal

Si Mazzocchi escribió en la Córdoba conservadora y de proporciones mensurables anterior al Cordobazo, Vicente Luy (1961-2012) lo hizo durante el pastiche menemista y el cambio de siglo en una urbe que empezaba a difuminar sus bordes físicos y culturales.

De allí el estruendo del collage, las frases desgajadas, el sarcasmo televisivo, el reviente y el bajón, el arte al borde de la pulverización. Escribir no es importante (Caballo Negro) acoge extractos de la decena de libros del homenajeado con aportes de allegados.

Satélite inconformista y con base serrana de la porteña “poesía de los noventa”, Luy cobró raigambre como personaje de lecturas magnéticas y mitología destructiva. Heredó una fortuna al volverse huérfano a edad temprana, que le permitió vivir a lo dandy bajo el ala de su abuelo (el también poeta Juan Larrea) y que con el tiempo derrochó a fuerza de excesos y quijotadas. Una de ellas fue la autoedición incómodamente manipulable de La vida en Córdoba (1999), su libro más célebre que curó su pareja de entonces, María Angélica Vaca Narvaja.

El montaje inclasificable y reacio al mercado designó un gesto que Luy continuó –en publicaciones a su cargo o de sellos locales como La Creciente y Llanto de Mudo– con versos salpicados de dibujos, fotografías y recortes de prensa que acentuaban la desavenencia semiótica. Con ecos a Bukowski, Artaud o Charly García, Luy fue un provocador trash, un rock star de entrecasa, un idealista de incógnito.

Acorde con la abulia de época, Luy reproduce una sobreinformación deforme que mezcla a Tinelli con Perón y Gabriela Sabatini, el fútbol con la política, la ternura y el horror, el repliegue y el histrionismo. El golpe de efecto cobra visos de mantra en sus aforismos, chistes, sentencias e invectivas, que encuentra en la serie “Vicente habla al pueblo” un eslabón perdido entre El dictador de Chaplin y el humor de Cha Cha Cha. El kit de supervivencia se completa con litros de Coca-Cola, vino, cigarrillos, Prozac y “plantas de faso”.

Contrario a Mazzocchi, Luy sí vivió su instante de gloria, acaso por la empatía con Buenos Aires. Su visión de Córdoba estaba lejos del pintoresquismo: “Quizá los ministros de economía y obras/ y servicios públicos no estén en un 100 x 100/ de acuerdo; pero seguro me comprenden cuando/ digo que Córdoba es la cosa más pobre de espíritu/ que en América dieron los 80, y en todo el orbe,/ los 90./ Acá los artistas se quejan de que no hay un mango/ para el arte”, escribió. Luy también se quedó sin un mango y tras múltiples internaciones se tiró de un balcón en Salta; quizás una macabra ironía final.

La poeta Mariela Laudecina lo recuerda en esos años agitados, cuando lo ayudó a gestar una parte de Plan de operaciones (que se publicó de manera póstuma en la editorial CrackUp). “Vicente estaba descontrolado con las pastillas –dice–. Y eso lo tenía con una energía desbordante. Iba a casa a pasar los poemas. Se los tipeaba yo. A veces tomaba mis sugerencias. Mis intervenciones fueron muy pocas. Cuando Vicente estaba embalado no te escuchaba mucho. Parecía que ya tenía en la cabeza todas las correcciones”.

Y cierra: “Luy era un poeta trágico porque su vida estuvo marcada desde niño por una primera tragedia, y luego convirtió esa pérdida en una tragedia perpetua. Lo que pasa es que el dolor, la locura, la enfermedad y las decisiones que salen fuera de la normalidad convierten a un escritor en una especie de personaje romántico. Es lo que pasó con Luy. No todo lo que escribió fue brillante. Eso también lo deja fuera de la norma. Y es lo genial”.

Vida, muerte y poesía Alberto Mazzocchi

Postales Japonesas

2020

248 páginas

$ 750

 

Escribir no es importante

Vicente Luy

Caballo Negro

2020

170 páginas

$ 690

Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado el 6/09/2020 en nuestra edición impresa.

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