La grieta, mirada desde las ciencias sociales

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En las sociedades democráticas, el bien común tiene un piso: el acuerdo en torno de las reglas del juego político. El consenso mínimo remite a los procedimientos a través de los cuales los actores se relacionan entre ellos y con los gobiernos. Sobre esa base, se puede concebir luego la posibilidad de construir políticas de Estado, es decir, acuerdos de largo plazo en torno de los contenidos de las políticas públicas.

La “grieta” puede ser pensada desde la sociedad, desde el Estado y desde la política.

El marxismo ilustra la primera mirada. Las grietas no son emergentes arbitrarios sino que remiten a la anatomía de una sociedad dividida en clases y fracciones de clases. Por consiguiente, no proclama la existencia de grietas (como si hubiese previamente una unidad ideal, un terreno firme que se ha fisurado), sino de contradicciones que descansan en la estructura social, y más precisamente en las relaciones que las distintas clases entablan respecto de la propiedad de los medios de producción (fábricas, tecnologías, tierras).

En función de este análisis distingue, en cada sociedad, una contradicción principal (por ejemplo, entre los propietarios de empresas y los trabajadores) y contradicciones secundarias (a modo ilustrativo, entre asalariados “en blanco” y trabajadores informales, o entre distintos sectores del empresariado).

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Una segunda y potente mirada proviene de la sociología política. Tampoco en esta perspectiva se considera pertinente hablar de grietas (que en última instancia remiten a un pasado ideal des-agrietado) sino de clivajes, líneas divisorias de aguas, que están presentes desde el inicio mismo de la formación de los estados nacionales; por ejemplo, entre centralismo y federalismo, entre laicismo y clericalismo, entre el campo y la ciudad. Estos clivajes pueden cambiar a lo largo del tiempo; algunos pueden ser débiles o permanecer latentes durante largo tiempo para irrumpir con fuerza décadas después.

Los clivajes étnicos en relación con el control del Estado en Bolivia o la emergencia de problemáticas de género en la administración pública constituyen ejemplos ilustrativos.

Una tercera perspectiva de análisis proviene de la lógica populista. A diferencia del marxismo, que identifica las contradicciones a partir de la estructura social o de la mirada politológica centrada en la constitución y el desarrollo de los estados nacionales, el punto axial de la lógica populista deriva de la presencia de un líder carismático que proclama sintetizar las demandas heterogéneas del pueblo y define, en cada coyuntura, amigos y enemigos.

El líder puede ser portador de una ideología de izquierda o de derecha, puede ser progresista o conservador, pero en todos los casos construye un enemigo cuya definición está sujeta a un imperativo pragmático central: su propia acumulación de poder.

Como sostuvo Lucio Garzón Maceda –en una actividad organizada por la Universidad Nacional de Córdoba en 2012–, el modelo subyacente aspira a una relación directa entre el líder y el pueblo, sin interferencias de la estructura sindical, los movimientos sociales o la oposición política porque el líder sabe, en cada momento, lo que tiene que hacer.

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Al respecto, utilizaba como metáfora explicativa el vínculo sin mediaciones de los cristianos primitivos con Dios, en una época en que la Iglesia aún no existía como institución.

Supone un modelo político, en alguna manera sacralizado, que aspira –en un plano ideal– a una relación entre el líder y el pueblo sin canales institucionales ni mecanismos de control que puedan interferir en el proceso de toma de decisiones. Como consecuencia, la disidencia significa deslealtad.

En nuestros días, la invención de la grieta no es patrimonio de los líderes populistas. Políticos convencionales pueden proyectar sobre la sociedad la idea de una fisura insalvable entre honestos y corruptos, o entre ignorantes y expertos de la economía.

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Por cierto, en tiempos de pandemia y crisis global, la radicalización discursiva alcanza también a sectores tradicionalmente conservadores. El diálogo político se convierte en guerra de trincheras, y la cooperación, en un ejercicio retórico. Florece, así, un fenómeno que Natalio Botana y Oscar Terán denominaron pluralismo negativo: todos los actores hacen sentir sus voces de modo simultáneo; se oyen, pero no se escuchan y se anulan entre sí.

Esas voces tienen capacidad para vetar los proyectos de sus adversarios, pero son impotentes para realizar sus propios proyectos. Esta textura facciosa de la política argentina pone límites a la capacidad de los actores políticos y sociales para alcanzar soluciones concertadas y abre un escenario de incertidumbre en que la desdemocratización –en el sentido de retroceso democrático– es un horizonte posible.

* Director de la Maestría en Partidos Políticos del CEA

Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado el 6/09/2020 en nuestra edición impresa.

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