Alberto F. y la administración del tiempo

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Entre las muchas cosas que la pandemia nos empujó a repensar, está el factor tiempo. Me gusta cómo lo plantea Humberto Sahade, uno de los fundadores de Apex América.

Cuenta que en la primera fase de la cuarentena, cuando los hogares eran el territorio obligado por el confinamiento, mucha gente empezó a contar el tiempo, en especial las personas más grandes. 

Pero ahí planta bandera. Reproduzco: “Creo que quienes estamos en situación de ejecución y de responsabilidad tenemos que pensar distinto. Más que contar el tiempo, tenemos que hacer que el tiempo cuente. Creo que este tipo de crisis, que no está en ningún libro y que nadie vio venir, es perfecta para reinventar tu futuro”.

Suena potente, pero no menos cierto es que la semilla verbal depende, para brotar, de la acción y de un determinado contexto.

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Tal como ocurre con nuestra existencia biológica, el tiempo también es una variable esencial en la economía. “El tiempo es dinero”, escribió Benjamin Franklin hace más de 270 años. Sus compatriotas lo honraron con su cara en el billete de 100 dólares, el de más alta denominación de esa moneda en la actualidad.

Tras el acuerdo firmado con los bonistas, además de zafar del default, la Argentina, en esencia, acaba de ganar tiempo. Y buscará hacer lo mismo para reconducir los pagos por la deuda con el Fondo Monetario Internacional.

La gestión de Alberto Fernández se condensa en eso: administrar tiempo. Su gobierno, que arrancó en un desierto recesivo y con la espada de la deuda tocando su pecho, sacó provecho del paréntesis inicial que implicó el coronavirus. La cuarentena a la que se abrazó para no hablar del drama económico se hizo tan larga que ahora la desconoce. 

Y la agenda económica, que volvió con la cucarda por la reestructuración de buena parte de la deuda en dólares, no da respiro. En una mano, el mercado cambiario cruje; en la otra, desbordan los problemas crónicos y faltan señales claras y contundentes sobre cómo se “invertirá” el tiempo ganado con la renegociación de la deuda. 

En el reciente Coloquio de la Unión Industrial de Córdoba (UIC), la directora ejecutiva del Cippec, Julia Pomares, planteó una serie de prioridades para la pospandemia, entre las que mencionó empleo, educación, pobreza y desarrollo productivo.

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No son las únicas, por cierto, pero es un aporte a una conversación pública dañada por la grieta, en la que el Gobierno ha dado señales demasiado contradictorias para curar las heridas.

En palabras de Paul Ricouer, el tiempo es también relato, una práctica que fertiliza en grupos cerrados de pertenencia, ya que la construcción de una narrativa común siempre ha sido un karma criollo. 

No parece que el Gobierno aspire a coparticipar el guion, por lo que pesará su capacidad auditiva. Las respuestas deberían verse en el proyecto de Presupuesto 2021. Si Argentina no hace rendir el tiempo ganado para enderezar sus pecados macroeconómicos, es difícil que puede reinventar su futuro.

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