Poder formal y poder real

Ya desde el momento en que se anunció la fórmula presidencial de los Fernández, comenzó a plantearse la cuestión acerca de quién gobernaría, quién ejercería el poder en caso de que la fórmula resultara elegida, como luego sucedió.

La respuesta convencional a esa cuestión consiste en enunciar una obviedad: manda quien tiene “la lapicera”. Esto significa asegurar que es el poder institucional el que predomina sobre el que otorgan los dirigentes, el partido e incluso las bases.

¿Cómo puede explicarse, entonces, la realidad política actual, en la que claramente es Cristina Kirchner quien marca la agenda del Gobierno, decide sobre sus principales asuntos y relega al Presidente a un balbuceante segundo plano?

Es que, además de tener la lapicera, es preciso tener ánimo de usarla, tener un proyecto político más o menos claro y estar dispuesto a llevarlo a cabo. ¿Lo tiene Alberto Fernández? Si fuera así, convengamos que todavía no ha dado indicio alguno al respecto.

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Ambigüedad

En muchos terrenos, el peronismo en el poder da señales de ambigüedad, de contradicciones o de confusión. A la vez que arregla con los bonistas y se dispone a negociar con el FMI, intenta apoderarse de Vicentin y congela las tarifas de servicios de telecomunicaciones.

Grupos del Gobierno auspician la toma de tierras, mientras la ministra de Seguridad de la Nación las justifica de un modo insólito: “Se trata de un problema de vivienda, no de seguridad”, afirmó en un principio. Pero junto a ella aparece Sergio Berni, con severas palabras de rechazo a las ocupaciones ilegales de tierras y viviendas. Frederic terminó alineándose con el ministro bonaerense luego de que el Presidente dijera que las tomas eran ilegales.

Y el peronismo, al menos de palabra, cobija a todos. A quienes ocupan y a quienes defienden sus propiedades frente a la ocupación ilegal. ¿Cómo hace Berni para convivir con los muchachos revolucionarios de La Cámpora, los intelectuales de izquierda y los progres de todo color? Cuenta con el apoyo de la vicepresidenta, que quizá perciba una demanda social a favor de una mayor seguridad, incluso mayor represión al delito, y entonces encuentra en Berni una figura para ofrecer y crear expectativas en esa dirección. Los jóvenes revolucionarios ven que el Gobierno nada hace para recuperar las tierras, entonces sonríen pensando que la gira de Berni por la TV acusando de delincuentes a los okupas no es más que una genial maniobra de la estratega máxima para calmar a quienes reclaman legalidad.

Necesidad

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El hombre conciliador que se suponía sería Alberto Fernández todavía no aparece. Al revés: se muestra provocador y pendenciero cada vez que puede, buscando el aplauso y el terrón de azúcar por parte de la expresidenta y sus jóvenes jacobinos.

El Presidente posee un don muy especial. Puede desmentirse a sí mismo en cuestión de horas, sin el mínimo rubor. Así como se desdijo de sus terribles acusaciones a su compañera de fórmula, durante los años previos, cada día afirma lo primero que se le viene a la cabeza, y no tiene problema de decir lo contrario al día siguiente.

Un día dice que no estamos en cuarentena y el siguiente amenaza con apretar el botón rojo. Un día afirma que nunca creyó en los planes económicos y pocas horas después dice que tiene uno que revelará en pocas horas. El Presidente ha dicho varias veces que añora el gobierno de Néstor. Pues bien, está logrando repetirlo: también ahora funge como subordinado de un Kirchner.

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Cristina necesitó a Alberto porque palpitó que sin esa máscara no podría ganar los comicios presidenciales. Su percepción era realista. Ahora lo sigue necesitando. Pero no cualquier Alberto, sino este Alberto. Un hombre que dice una cosa y hace otra; un presidente que afirma algo y su contrario al mismo tiempo. Un hombre que se muestra preocupado por la pandemia pero acepta contrabandear cambios decisivos en la Justicia. En definitiva, una persona que no se muestra inclinada a ejercer en una dirección distinta el poder institucional del que está investido.

Mientras tanto, el país continúa empantanado en su cuarentena. Da la impresión de que el gobierno de científicos no previó la coincidencia de dos picos: el de contagios y el de hartazgo más o menos generalizado hacia el prolongado aislamiento.

El Gobierno nos amenaza: si violamos la cuarentena, nos espera la muerte. Por otro lado, se jacta de que la economía está mejorando. Pero esta recuperación –de la que no hay señales claras– no puede sino fundarse en la actividad industrial y comercial, que sólo puede ejercerse haciendo caso omiso a la reclusión que el propio Gobierno aconseja. O sea, para producir es preciso olvidarse del aislamiento.

Podríamos decir que tenemos un Gobierno que intenta mantenerse a flote como sea hasta que llegue la vacuna contra el Covid-19. Y mientras rige la cuarentena, congela precios y emite sin cesar, a la vez que intenta liberar a la expresidenta de las causas penales en las que está involucrada. Son objetivos muy módicos. Pero, aun así, no le está resultando fácil cumplirlos.

* Analista político

Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado el 5/09/2020 en nuestra edición impresa.

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