La «industria del insecto», un novedoso proyecto cordobés para reciclar basura

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Una industria del insecto. Así, como suena. Eso están desarrollando Julien Larrencon y François Nolet por estos días en la muy cordobesa Colonia Caroya y “exportarán” ese modelo a la ciudad bonaerense de Balcarce, donde la empresa canadiense Mc Cain produce sus famosas papas congeladas.

No leyó mal: están montando un modelo de industria del insecto, el primero en su tipo que funcionará a gran escala en el país.

Julien es francés y François, belga, pero estuvieron viviendo en Colonia Caroya durante casi dos años y ayudaron a desarrollar proyectos de economía azul (o circular), que se basa en la reutilización de recursos.

Ver negocios donde nadie los ve y que, a su vez, tengan impacto en la comunidad y en el ambiente, y que se sostengan en el tiempo es su objetivo.

La fundación La Huella, de Colonia Caroya, de la que nació la escuela experimental Olga Cossettini, trajo años atrás a un referente mundial de la economía circular, Günter Pauli, y Julien y François llegaron asociados a esa experiencia. Pero se aquerenciaron y recibieron de la familia Uanino el apoyo para que pudieran demostrar que se podían formular inéditas experiencias de producción.

Julien y Francois. Uno francés, el otro belga, pero ambos vecinos de Colonia Caroya. (La Voz)

Primero, se asociaron al joven emprendedor local Leonardo Saldivar en la producción de gírgolas, un hongo comestible de reconocidas propiedades, y cuyo sustrato producían con la poda de los viñedos de la zona. Hasta ese entonces, la poda en Caroya no tenía ningún uso.

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En paralelo, montaron un prototipo industrial que hace uso de una mosca y de su larva para convertir desechos en biofertilizantes y en alimento para animales.

Con ese prototipo, lograron convencer a la firma Mc Cain para mejorar sus propios procesos de desechos y mudarán todo el proyecto a Balcarce en las próximas semanas.

“Nos inspiramos en modelos que ya están trabajando en Europa con la mosca y atacamos el problema de los residuos orgánicos, de los que hay exceso, y, al mismo tiempo, la carencia de alimentos sanos, naturales, tanto para humanos como para animales. En la naturaleza, los insectos brindan este servicio de convertir residuos en alimentos. Ese eslabón intentamos reproducir a gran escala”, explica François a La Voz.

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El equipo de trabajo en Caroya (La Voz)

Una mosca soldado

La Hermetia illucens, también conocida como «mosca soldado negra», es nativa de América y tiene la apariencia de una avispa porque es más bien alargada. A diferencia de la mosca común, cuando llega a la edad adulta no se alimenta y sólo se dedica a reproducirse. Su larva, en apenas 14 días, es capaz de aumentar su peso 4.300 veces, solamente alimentándose de desechos orgánicos.

“No es una especie invasiva, vive habitualmente en verano durante 10 días y no se alimenta. No lleva plagas ni contamina. Realmente no tiene nada que ver con la mosca común”, aclara Julien.

Para entender el negocio en escala, vale reseñar que la larva de la mosca soldado negra es capaz de convertir una tonelada de residuos orgánicos en 400 kilos de biofertilizante o humus y en 250 kilos de larvas que tienen un alto valor proteínico y que pueden ser utilizadas en la alimentación de cerdos, de aves de corral y de peces.

En una etapa posterior, también cabría la posibilidad de generar harinas con alto valor proteico. Pero para eso falta aún bastante investigación y desarrollo.

“Hay que parar de ver los residuos como un problema y pensarlos como una oportunidad. Que a vos no te sirva no quiere decir que en otro entorno productivo no sea un insumo. Necesitamos más gente con una visión holística. Mirar a la naturaleza en la que cada cosa hace su función y donde nada se pierde y todo se transforma”, insiste el francés acordobesado.

El prototipo caroyense sirvió durante este tiempo para poder mostrarlo y entusiasmar a nueve inversores que apoyaron económicamente la etapa que viene, a partir de septiembre, en la que harán una prueba piloto con los residuos de la papa (mayoritariamente cáscara) en Balcarce.

Allí, montarán el primero de los módulos de 100 metros cuadrados, con una capacidad de procesamiento de una tonelada diaria de desechos de la fábrica. Se irán incorporando módulos si la experiencia funciona.

“No deberíamos dejar ninguna huella ecológica. En la naturaleza no existe el concepto de residuo. Somos la única especie que los genera. Lo que venimos haciendo es esconderla, enterrarla, pero si a largo plazo queremos desarrollo sustentable tenemos que integrarnos como especie humana al funcionamiento de la naturaleza”, aporta convencido François.

Las larvas «trabajando», creando un fertilizante natural (La Voz)

Acciones que suman

La lombricultura, difundida en estos tiempos en que muchas familias se volcaron al compostaje casero, es complementaria de esta otra industria del insecto, que está pensada dentro de las soluciones “macro” al problema de la basura.

Aunque su desarrollo comercial demanda inversiones, François aconseja a los emprendedores: “Hay que tirarse a la pileta, salir a buscar gente interesada que pueda apoyar. No se puede llegar sólo con la idea y decir ‘necesito tantos millones para construir una planta’. Hay que hacer demostraciones. Nosotros llevamos dos años antes de poder dar este paso”.

“El mensaje es que hasta en este contexto de pandemia y recesión logramos que nueve inversores de Córdoba se sumaran al proyecto. Plata hay, aunque hay que saber captarla. Vendemos un sueño, es cierto, pero respaldado con mucho trabajo”, asegura Julien.

La primera muestra, en Caroya

Lo producido en el prototipo fue probado, a pequeña escala, en Chacra de Luna, en Colonia Caroya. Los biofertilizantes se aplicaron a la huerta y con las larvas se alimentaron gallinas. Aunque es prematuro para hacer un balance, se notó que la coloración de los huevos de las gallinas cambió tras ser alimentadas con las larvas. La impresión es que también cambió el sabor con la nueva dieta.

Los iniciadores señalan que, para producir idéntica cantidad de proteínas que las que produciría una hectárea de larvas, se precisarían 360 hectáreas de soja, con el añadido de que no necesitarían de grandes cantidades de agua.

En Argentina hay más de cuatro mil vertederos de residuos con miles de toneladas de basura diaria, que cuesta procesar.

Julien y François no son biólogos, ni agrónomos, ni entomólogos, ni ingenieros industriales. Pero saben de esas cosas.

* Corresponsalía Jesús María

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