El miedo no es zonzo, pero la esperanza sigue allí

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La irrupción del coronavirus no sólo nos está dejando a todos un poco más pobres. También nos está convirtiendo en personas más conservadoras y temerosas. En lo económico y en lo social.

Además de relevar el impacto económico, el estudio realizado desde la Facultad de Psicología de la UNC indagó en las sensaciones emocionales que estamos experimentando en medio de la pandemia.   

Según la investigación, los tres principales temores que tenemos hoy los argentinos son a enfermarnos (uno mismo o a alguien de la familia), a que el país caiga en una crisis económica importante y a perder el trabajo y no poder afrontar los gastos básicos.

“El principal miedo se vincula a las condiciones sanitarias. Pero debido a la inestabilidad en las condiciones económicas, también surge el temor a que el país caiga en una recesión grave, lo cual se vincula directamente con el miedo a perder el empleo”, señala la responsable del estudio en nuestro país, Mariela Demaria.

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Esas preocupaciones configuran un estado de ánimo particular que promueve comportamientos y actitudes de respuesta. En un reciente artículo para la BBC, el matemático inglés David Robson señala que la pandemia está teniendo efectos inmediatos en nuestra salud mental. “El miedo al contagio nos lleva a ser más conformistas y primitivos, y nuestros juicios morales y actitudes sociales más conservadoras se vuelven más estrictas”, asegura.

En esa línea, Claudia Borensztejn, presidenta de la Asociación Psicoanalítica Argentina, dice que es normal que en una situación como la actual tengamos miedo. Pero pide diferenciar entre el miedo y el pánico. El miedo se presenta ante una amenaza real, ante algo que está efectivamente sucediendo. “El pánico, en cambio, tiene un plus de irracionalidad, de desborde y de angustia severa”, define.

Ese pánico se manifiesta hoy en dos actitudes contrapuestas. Por un lado, aquellos que temen contagiarse todo el tiempo y han generado cierta fobia social y comportamientos económicos compulsivos, imaginando un escenario de catástrofe inminente. Por otra parte, están aquellos que casi reniegan de la enfermedad y salen a la calle como si nada ocurriera, exponiéndose en forma irresponsable y colocando en riesgo a terceros. La negación es también una respuesta irreflexiva a un miedo profundo que no se logra procesar.

Con el número de contagios en aumento, y sin una vacuna que garantice un control efectivo de la enfermedad, es de esperar que esas sensaciones de miedo y de temor sigan dominando nuestras vidas, lo que incluye la presión asfixiante de una cuarentena que golpea directamente sobre la economía. Lo que hay que tratar es que esa preocupación lógica, esperable, no mute en pánico.

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En medio de semejante escenario, por suerte se advierte una cuota de optimismo en las expectativas a futuro de la mayoría de los argentinos. Según el mismo estudio de la Facultad de Psicología de la UNC, aun con incertidumbre, el 70 por ciento de la población cree que la situación general y personal tenderá a mejorar a mediano plazo, dejando atrás un período inimaginable y muy difícil.

El miedo, como sabemos, no es zonzo. Pero por suerte la esperanza es lo último que se pierde.

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