De esta salimos

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De todas las fechas posibles, me tocó nacer a fines de diciembre de 2001. En aquellos días, el país ya lloraba una treintena de muertes y cientos de heridos, como saldo de las protestas contra un gobierno nacional escuálido y una economía devastada.

Mis viejos, laburantes de toda la vida, iban de la alegría por mi nacimiento a la angustia de saberse en peligro. La televisión mostraba, uno tras otro, los presidentes que tuvimos durante las dos semanas más extravagantes de la historia nacional. Mientras tanto, yo comía, dormía y crecía, consentida por toda la familia.

Aunque costó, papá conservó su lugar en la fábrica y mamá demostró ser una docente indispensable. A mi abuela le gusta contar que yo fui el alivio que ayudó a salir de aquella.

Apenas dos años después, yo asistía contenta a la guardería del barrio; comenzaba mi crianza fuera de casa. Mamá recuerda esos días y su tristeza por dejarme cada día y por tantas horas en aquel lugar; pero era con su trabajo que llegaban a fin de mes. Todavía hoy le aseguro que no me quedaron “traumas” y que el recuerdo de mis seños supera largamente el de las separaciones. También salimos de esa, viejita.

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Cursé la primaria en el mismo colegio que mis hermanos, con la dicha de que eran ellos quienes me llevaban y traían. Durante aquella etapa, los viejos disfrutaban de cierta tranquilidad laboral; si hasta tomamos vacaciones en el mar durante tres veranos seguidos. Entonces le perdí el miedo al agua.

Mi sexto grado, aquel que prometía ser de grandes cambios y festejos, se nubló con la pérdida de mi abuelo. Cuento esto y nada más; todavía no puedo con tanta tristeza. Por primera vez creí sentir la soledad, pero otra vez salimos adelante.

En mi casa se respira algo que cuesta explicar; una manera de encontrarnos y de acompañar, pero sin lástima. Con papá pelado y mamá llena de canas, el humor seguía intacto en cada comida familiar. Y mis hermanos, hermosos ellos, comenzaron a alborotar las comidas con novias que les solían durar apenas semanas, pero que refrescaban las reuniones y los comentarios del después. Curiosa etapa la de conocer a posibles cuñadas.

Por cuestiones que no vienen al caso, comencé mi secundario en otro colegio y los conflictos llovían sin parar. Eran los compañeros por conocer, era mi cuerpo que cambiaba cada día y era un amor platónico que ni me registraba. Lloré muchas noches sin saber por qué, pero, fiel al estilo, de todo me repuse. Hasta anduve de novia un par de gloriosos meses que reavivaron mi autoestima.

Promediaba tercer año cuando tuve el primer choque con mis padres. Sin saber yo por qué, habían perdido todo encanto, para transformarse en estrictos controladores que “no entendían nada”. Un día hasta llegué a decirles que los odiaba, y ellos sólo me devolvieron una mirada serena. Estaban viejos y egoístas; les preocupaban más su decepción por el gobierno que habían votado o la economía que les ajustaba de nuevo el cinto. Pero nada de eso era cierto; yo era chica para entender la sabiduría que da haber criado a varios hijos.

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Terminé la secundaria en 2019 con mi proyecto muy decidido. Mis locas ideas de ser artista no asustaron a ninguno, “si con eso era feliz”. Y entonces comencé el cursillo. Y llegó la pandemia.

Encerrados en casa, comenzamos a templar el ánimo ante un nuevo panorama que parecía frustrar los sueños.

Anoche, luego de escuchar los muertos de cada noticiero, conversamos. Estábamos todos, incluso mi actual cuñada. Volví a encontrar esa mirada que reconozco en mi familia cuando amenaza mal tiempo.

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Antes de dormir repasé la historia. Y creo que de esta también salimos.

Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado el 2/08/2020 en nuestra edición impresa.

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