Una pregunta melancólica

A veces me pregunto qué habrá sido de la vida de personas a las que no veo desde hace años. Los destinatarios de esa pregunta melancólica suelen ser compañeros del colegio secundario o de la universidad, alguna exnovia, algún amor no correspondido, algún escritor o periodista con quien compartí un viaje, un curso o unas horas intrascendentes.

No deja de sorprenderme cómo alguien que estuvo tan cerca de uno se convierte en un extraño. Por suerte o por desgracia, ahora existe la posibilidad no menos melancólica de buscarlos en las redes sociales y despejar parcialmente las incógnitas: mirar sus fotos, sus posteos, sus likes y enterarse de sus opiniones en un amplio espectro de temas que pueden ir desde la astrología hasta la zoología.

Hace poco, no sé por qué motivo, me acordé de una profesora de Filosofía. Escribí su nombre en el buscador de Google y lo primero que apareció fue su obituario. Había muerto el año pasado. No me sorprendió la noticia; pese a que era una mujer más joven que mi madre, nunca estuvo demasiado viva en mi mente; en todo caso, formaba parte del elenco de personajes secundarios de mi biografía universitaria. Lo único que conservo de su imagen es una mancha gris, como vista a través de la lluvia.

Además de protagonizar esa necrológica, en Google aparece como autora de un ensayo en una revista local y un poco más abajo figura en una noticia de un diario de Mar del Plata: “Detuvieron a dos imputados de la causa CNU”. CNU es la sigla de Concertación Nacional Universitaria, un grupo peronista de ultraderecha, de cuya existencia me enteré en ese momento, así como de buena parte de los hechos que relato después de este punto y aparte.

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En rojo

Un segmento del artículo narra un episodio ocurrido el 20 de junio de 1974 que involucró a mi profesora. Ella, su novio (que luego sería su marido) y tres personas más iban a toda velocidad en un Torino por el barrio de Palermo, en Buenos Aires, tuvieron un accidente, volcaron, dos murieron, el novio se destrozó el brazo y debieron amputárselo. Ella y otro joven (tenían 22 años por entonces) resultaron con lesiones leves.

En una crónica publicada en 2013 en el sitio Infonews, los periodistas Daniel Cecchini y Alberto Elizalde Leal reconstruyen el incidente de un modo mucho más detallado. Cuentan, por ejemplo, que mi profesora caminó 80 metros hasta desvanecerse en la calle y alguien la llevó al hospital Fernández, donde también internaron a los otros heridos.

Cecchini y Elizalde Leal citan notas de tres diarios para revelar el contenido hallado en el baúl del Torino. “Las crónicas de la época hablan de granadas, proyectiles, armas cortas, una ametralladora y una escopeta Itaka (…). Según Crónica, la Policía encontró ‘una escopeta Itaka, granadas y proyectiles’. La Nación, por su parte, consignó que ‘cuando los policías auxiliaban a los heridos, encontraron en la parte de atrás del vehículo varias armas largas –una de ellas, trascendió, es una ametralladora– y un portafolio y un paquete con explosivos’. La Prensa dijo que se trataba de ‘una pistola, una ametralladora y varias granadas’”.

El 20 de junio de 1974 se cumplía un año de la masacre de Ezeiza, donde se enfrentaron facciones de la derecha y de la izquierda peronistas y murieron 13 personas. Integrantes de la CNU tuvieron una participación activa en esa balacera, que marcó el retorno de Juan Domingo Perón al país después de 17 años de exilio.

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Si bien está documentada la participación del futuro esposo de mi profesora en ese episodio, no hay pruebas concretas de que ella estuviera ahí; al menos no pude encontrarlas, y la verdad es que me cuesta imaginarla disparando un arma en medio de una multitud despavorida.

Pero haya participado o no en esa masacre, el episodio del Torino y su matrimonio con el primer jefe de la CNU son más que suficientes para que la mancha gris en mi memoria se tiña de rojo.

¿Cuánto de aquella joven quedaba en la mujer que daba clases en la Escuela de Filosofía una década después?

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No sé.

Lo cierto es que un simple nombre buscado al azar en Google puede transformar el propio pasado en una zona radioactiva.

El tío

La búsqueda no terminó en esas reflexiones más o menos paranoicas. El nombre de la profesora siempre estuvo unido para mí al nombre de su tío, uno de cuyos libros formaba parte de la bibliografía obligatoria.

Para el desordenado lector de Nietzsche, Feyerabend y Artaud que yo era en aquel momento, la inteligencia de ese filósofo (¡argentino!) me resultó deslumbrante. Parecía haber convivido con Hesíodo, Heráclito y Parménides y conservar en su prosa el fulgor originario de los presocráticos. Si hubiese leído mejor Las vidas de filósofos ilustres, del irónico Diógenes Laercio (que también formaba parte de la bibliografía), hubiera sabido distinguir cuánto fuego artificial había en esos fulgores griegos.

Lo cierto es que también el tío de mi profesora me reservaba una sorpresa, aun más grande que el incidente del Torino protagonizado por su sobrina. Cito Wikipedia: “Fue el ideólogo y ‘máximo organizador’ de Concentración Nacional Universitaria (CNU) en La Plata y Mar del Plata, un grupo creado como fuerza de choque de la derecha peronista, que en 1971 comete su primer asesinato cuando Silvia Filler es tiroteada en la Universidad Nacional de Mar del Plata”.

Si Wikipedia resulta poco confiable para los espíritus críticos, se puede consultar el informe de la Conadep, Nunca más, donde es mencionado en varios testimonios de víctimas de la represión ilegal, o el libro La CNU, el terrorismo de Estado antes del golpe, de Cecchini y Elizalde Leal, o la tesis Nacionalistas, católicos y peronistas. Auge, afianzamiento y reconfiguración de la Concentración Nacional Universitaria (CNU) La Plata, 1955-1974, de Juan Luis Carnagui, todo disponible en internet.

Fue uno de los tantos intelectuales que mantuvo correspondencia con Perón, a quien visitó en Madrid en enero de 1967. En una ponencia titulada El General frente a la Sinarquía, del historiador Juan Iván Ladeuix, leí esta frase que sintetiza la trayectoria académica y política del personaje: “El filólogo crió al ideólogo y al teólogo, desde sus entrañas nacería el nacionalista y a partir de ellos se formaría el peronista y, por qué no decirlo, el ‘represor’. Pero no podemos ver estas identidades como compartimentos estancos, sino como el producto de un derrotero vital complejo y multifacético”.

Hay que decir también que el tío de mi profesora fue expulsado de la Universidad de La Plata en 1955, con el golpe de Estado que derrocó a Perón, y que pese a haber ganado la cátedra por concurso recién pudo recuperarla en 1973. Desde que publicó su tesis doctoral sobre Lucrecio en 1950, tuvo una actividad intelectual más que prolífica, en la que combinó de manera vertiginosa (no encuentro otro adjetivo) los trabajos filológicos, filosóficos y literarios con la escritura de panfletos en los que expone sus ideas extremas.

Por ejemplo: considera que los papas Juan XXIII y Paulo VI eran impostores y que por lo tanto la sede papal quedó vacante desde entonces; pero además de ese sedevacantismo explícito denuesta a los jesuitas y a la educación laica, opina que Jesús no era un judío, porque el hijo de Dios no puede tener raza, y proclama una especie de guerra total contra los invasores ideológicos de la sinarquía internacional (Estados Unidos y la Unión Soviética), enquistados en las instituciones educativas, gremiales y estatales.

Ya en 1960, publica un librito sobre la ideología bolchevique en la Argentina, donde afirma: “La muerte no es en fin de cuentas lo más absoluto. Lo más absoluto es la resurrección. La Argentina ha muerto. Esto no es lo peor. Lo peor sería que esa muerte entrañara, además de la disolución, la imposibilidad de que recobre en un nivel que no podemos entrever, la perduración de una existencia, que no es suma de hechos brutos, sino revelación y creación”.

Es obvio que un intelectual que sostiene esta clase de ideas genera fuertes cuestionamientos y descalificaciones, como los que le dedica Ricardo Gil Soria en una carta citada por Ladeuix. Sin embargo, convenció a más de uno y los resultados forman parte de uno de los períodos más atroces de la historia del país.

Mi profesora y su tío están enterrados en el mismo cementerio, a 40 kilómetros de la ciudad de Córdoba.

Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado el 1/08/2020 en nuestra edición impresa.

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