Historias de solteros cordobeses en cuarentena: todo por un «touch and go»

¿Alguna vez te imaginaste tener una primera cita en la góndola de un supermercado o en la cola de un Rapipago? Las filas eternas para hacer trámites nunca se relacionaban con el deseo, el sexo o el amor. Hasta ahora: hoy pueden ser el lugar ideal para que nazca una historia digna de escribirse y recordar. ¿Alguna vez te imaginaste inventando excusas delirantes para poder llegar hasta la casa de alguien?

Con la cuarentena, esas situaciones son hoy el pan de cada día para los solteros que van en busca de encuentros de tipo sexual o afectivo. Mientras que para algunos hay obstáculos que los invitan a quedarse mejor en compañía de Netflix, para otros, detrás de los barbijos, las ganas siguen presentes y los ojos cuentan lo que las bocas no pueden. 

La excusa del teclado roto

No está de más aclarar que algunas de las historias que se recopilan acá se mueven fuera de la legalidad y que el cuidado social es prioritario. Pero “hecha la ley, hecha la trampa”, dice el dicho. 

Camila tiene 25 años y es arquitecta. Sus encuentros sexuales en cuarentena oscilaron entre chico, chica y chico, y los primeros encuentros estuvieron marcados por los nervios y por pensar excusas extrañas para dar si la Policía los paraba. 

Para su cita número uno, el encuentro ocurrió en su propio departamento, ubicado en el límite entre el Centro y Nueva Córdoba. Ya se conocían de antes, y la juntada que iban a concretar cuando la pandemia aún no era tal quedó trunca por la declaración del aislamiento en Argentina: estaba planificada exactamente para el mismo día en que el presidente Alberto Fernández hizo el anuncio. 

Así que mientras Camila pasaba los dos primeros meses de una cuarentena que nadie veía venir en su eternidad y desperdiciaba lo que quedaba del verano “encerrada” en su pueblo, sostuvieron una intensa conversación virtual. 

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Pero, finalmente, Camila volvió a Córdoba y el deseo asfixiado se pudo soltar. El chico vino caminando desde Alberdi, donde vive, transpirado de nervios y por el ejercicio. ¿Preservativos? ¿Un vino? Cuestiones menores en épocas de cuarentena. El joven llegó sosteniendo un teclado de computadora… que no andaba. Bajo los lentes transpirados por la maratón en barbijo, le explicó que era por si la Policía lo detenía: podía mostrarles el poco erótico teclado y justificar que se lo estaba llevando a un compañero de trabajo que lo necesitaba con urgencia para hacer el tan mentado home office: excusa de cuarentena.

Los lentes empañados, el barbijo y el teclado no pudieron contra las ganas acumuladas durante meses. Pero la siguiente vez le tocó a ella visitarlo y experimentar los nervios en carne propia. Se repetía a sí misma la excusa que daría si la Policía la paraba, que al final no era tan extraña: iba al súper.

“Pero la verdad, caminaba con todo el miedo del mundo. Encima, siempre me pierdo, lo tuve que llamar porque no encontraba la dirección y no me andaba internet”, cuenta. Finalmente, resultó ser que él estaba mucho más cerca que lo que creía y su martirio duró sólo algunos minutos más.

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Otra vez, en taxi, salió con la excusa pensada de decir que su prima estaba enferma y la necesitaba. “Como no había bares, teníamos que juntarnos más temprano, y quizás hubiera sido tomar algo, garchar y listo. Ahora, para evitar problemas, se trataba de quedarse a pasar toda la noche”, recuerda. 

Los encuentros continúan al día de hoy, ya con menos nervios. Camila también rechazó algunos: la contactó su ex, pero en ese momento no estaban abiertos los bares y prefirió no juntarse en una casa. “Las casas obligan a quedarse a dormir”, reflexiona. 

Igual la cuarentena ofrecía otras opciones interesantes. ¿No hay boliches? Es una oportunidad para citas creativas. Con otro chico y otra chica con los que se citó en otras ocasiones, ya sea en su casa o en las de otros, extrañando la posibilidad de salir a bailar, asistieron a fiestas virtuales o las fingieron. Recrearon la costumbre de una noche de arreglarse, poner música, hacer tragos y un poco de perreo. “Hicimos una fiesta para dos”, resume. 

La posibilidad de verse se le dio también porque todas esas personas viven solas. “Si hubiera estado en mi pueblo, en la casa de mis padres, ni loca me juntaba, porque mi mamá es paciente de riesgo”, recalca. 

“Sentía que lo que estaba haciendo estaba mal, pero no tan mal”, reconoce.

Abrirse en cuarentena

Mientras tantas parejas quedaron lejos y extrañándose, otras quedaron conviviendo las 24 horas los siete días de la semana, con lo bueno y lo malo que esas situaciones pueden significar. Pero, para otros, la cuarentena significó nuevas posibilidades. 

Daniela tiene 21 y estudia Letras. Hace tres años que está de novia con Lucas, quien estudia Física. La relación fluye entre el ardor de las ciencias sociales y la practicidad de las ciencias “frías”, a veces con los roces que eso genera. Pero después de tanto tiempo, el amor, el acompañamiento y las ganas de construir una historia juntos continúan. 

Sin embargo, Lucas fue el primer chico con el que Daniela tuvo relaciones. Y en el último tiempo, la inquietud la llevó a plantearle a Lucas tener una relación abierta. La charla giró sobre los mismos puntos durante meses, para llegar a decantarse durante la cuarentena. 

Mientras que Daniela está en Nueva Córdoba, en el departamento que normalmente comparte con su hermano, él y Lucas quedaron varados en la provincia de origen de los tres. “Nunca pensaron que iban a tener que quedarse allá”, relata. 

“Re” extrañando “la compañía, porque acá estoy sola con mi gata”, Daniela decidió hacer real la relación abierta, y así fue como concretó un encuentro con un chico que conocía de antes y con el que empezaron a tirarse onda por Instagram. “Me dijo que tomáramos algo y le dije que sí. En otro momento, quizás ni lo veía”, relata. 

Las apps para conocer gente, privilegiadas de cuarentena. (Facundo Luque/ La Voz)

Para ir, el chico usó un permiso que aseguraba que iba a cuidar a su abuela (aunque no la ha visto ni una vez durante la cuarentena). En moto, cruzó los puentes de la ciudad (vive en zona norte), una y otra vez. Sólo una vez lo paró el control policial, y mirando sin mucho interés su permiso, lo dejaron pasar. De haberse fijado en la dirección que ponía el permiso, hubieran notado que iba en la dirección contraria y que pasar por el puente no tenía ningún sentido. 

Luego de algunos encuentros, Daniela decidió que al final, en persona, no le gustaba tanto y las visitas cesaron. Hoy, después de haber aclarado la situación de relación abierta con su novio (quien parece que nunca estuvo muy seguro de que ese fuera el acuerdo), se encuentra buscando citas por Tinder. 

Pero seguramente no se darán pronto. “No quiero traerlos a mi departamento de una, así que con la reapertura de los bares es más fácil… pero me da como miedo ir a uno, me imagino toda la secuencia, con todos los protocolos y que algo no funcione”, medita. 

A falta de bares, Rapipago

Olivia, de 26 años, moza, se vio con un chico justo el día antes de que empezara la cuarentena. “Me acuerdo de que contábamos después los días para la segunda cita y decíamos: ‘Tal día que termina la cuarentena nos vemos’, y nunca llegaba ese día porque siempre la alargaban”. 

Con los bares cerrados, con los encuentros prohibidos, encontraron la forma de verse: fueron al mismo supermercado. Hicieron las compras juntos y después caminaron algunas cuadras más. Así fue su segunda y tan postergada cita. Para después no tener que estar pensando excusas y formas para verse, decidieron dar un salto (una situación que sólo podría darse en cuarentena) hacia la convivencia. 

No funcionó. 

El se volvió a su pueblo y el vínculo siguió de forma virtual, pero luego de un período de comunicación muy intenso, eso se fue apagando. “Es muy difícil sostener un vínculo si no sabés cuándo vas a ver a la otra persona”, reflexiona. 

Facundo, de 31 años, veterinario, también tuvo una primera cita en cuarentena similar a la de Olivia. Se conocía con una chica con la que habían coincidido un tiempo en el trabajo y empezaron a hablar por Instagram y por WhatsApp. 

Ya en cuarentena, se enteró en la charla que vivían apenas a algunas cuadras, así que estaban en Alta Córdoba los dos. Al tener esa posibilidad, la situación para él cambió y su interés aumentó, porque la posibilidad de verla se simplificaba.

“Pero no sabía si a ella le pintaba verse en la casa de alguno. Empecé a pensar en algo que había leído que pasaba en España, que los amigos se ponían de acuerdo para coincidir en el supermercado. Yo tenía que ir al Rapipago y me puse a ver cuáles había abiertos, y veo que había uno cerca. Haciéndome el tonto, le pregunté si no conocía alguno que no estuviera cerrado, y ahí ella me dijo que también tenía que ir pero que no sabía adónde”, relata. 

“Así fue como le dije: ‘¿Querés que mañana a la tarde vamos?’. Y ella me contestó ‘¿Me estás invitando al Rapipago?’”. Al día siguiente fueron, y cómo era el único local abierto en varias cuadras a la redonda, había una fila kilométrica: fue la mejor situación, hacer “tres horas” de cola para hablar y conocerse. 

Hacia el final de esa inusual y exitosa primera cita, pensó en besarla. “No me animé, además estábamos con los barbijos y no sabía cómo hacer”, ríe. 

Comprador simulado

Fernando, profesor de 31 años, quien vive en pleno Centro capitalino, abre el relato de sus citas en aislamiento con las palabras “Estas son las crónicas de una trola en cuarentena”. Así se presenta él mismo al relatar las historias de sus cinco encuentros con cinco hombres diferentes acontecidos en los últimos meses. 

Al primero lo conoció por Grindr, una de las apps más usadas por el público gay. Para sortear a los estrictos guardias de su edificio, salió con una mochila dentro de la cual iba una bolsa de Farmacity y otros objetos en apariencia inútiles. A la vuelta, y luego de un fugaz encuentro, volvió con la bolsa en la mano, cargada y con la apariencia satisfecha de que volvía de tener una exitosa sesión de consumismo en la cadena de farmacias. “Soy muy astuta yo”, ríe, recordando su elaborada excusa.

En otra de sus citas, quien lo visitó usó el permiso de ver a sus hijos para poder llegarse a conocerlo. Como explica Alejandro, otra de las fuentes consultadas para esta nota: “Quienes tenemos hijos usábamos esa autorización como excusa para ir a otros lugares. Sobre todo en la primera etapa, en la que el formulario tenía fallas, ya que al principio sólo salían sus nombres y no el domicilio adonde ibas, así que podías decir cualquier lugar”. 

Después, Fernando se reencontró con su ex luego de dos años. “Tenía que venir una pandemia para volverme a ver con el ‘abogado hot’”. La cita no requirió esta vez de una excusa tan elaborada, ya que los guardias de su edificio se fueron relajando con el paso de los días. Pero le dejó una imagen muy de cuarentena: volver de madrugada a su casa, solo, de noche, con frío y las calles completamente desiertas. “Me sentí más sola que nunca”, sentencia. 

Con el último de los que se vio en cuarentena ya pudieron ir a un bar. Otra imagen le quedó grabada: la de lo extraño que era juntarse por primera vez con alguien y no poder verle la cara por completo, porque tuvieron puestos los barbijos gran parte del tiempo en el bar. 

El sexo, actividad esencial

Sol tiene 32 y es cardióloga. Como todos sabemos, la medicina es una actividad esencial en estos tiempos de pandemia. Su historia de encuentros de cuarentena se desarrolla en tres actos. 

Para el primero, no hicieron falta más excusas que las que le daba su propio trabajo. Se veía con un compañero de hospital, así que tanto como si ella iba a la casa de él como si él venía a su departamento de barrio Cofico, sus carnés les daban paso sin mayores problemas. 

“Gracias a eso, me pude ver con él y con algunos otros amigos. Un día perdí el carné y lo encontré después de varios días: que desesperación, por primera vez sentía que vivía la cuarentena como todos, antes no había sentido el encierro”, cuenta. 

En el segundo acto, se hablaba con otro chico que, al ser un par de años más joven y vivir con su mamá, la única opción que tenía para verlo era recibirlo en su departamento. Ahora, el permiso de Sol ya no servía. Pero el joven no la tuvo tan fácil para ir a verla: una madre controladora y superrespetuosa de la cuarentena no lo hacía fácil y le infundió a él el miedo a ser parado por la Policía. 

Al tiempo, el trabajo del chico se reabrió. Así fue como, usando el permiso laboral, él pasó a visitarla en esa estrecha franja de tiempo que tenía al irse un rato antes del horario del permiso y dejarla no mucho tiempo después. Los encuentros fugaces pronto llevaron la relación a su fin. 

Con el chico del tercer acto, Sol se considera “saliendo”. Feliz, cuenta que lo conoció por Tinder, app a la que no daba ningún crédito antes de la cuarentena, pero que ante la imposibilidad de conocer gente por los medios tradicionales decidió probar. “Pensaba que era para garchar, así que nunca esperé conocer realmente a alguien por ahí”, explica. 

Con la reapertura de los bares y gracias a su permiso, es mucho más fácil verse y la relación continúa. Además, cuenta que así pudieron tener la primera cita en un restaurante: “Me sentía más cómoda de poder empezar a salir con alguien así”. 

Para Carla, de 24 años, el permiso de trabajo de su chico, al que conoció por Instagram, les dio la posibilidad de verse. Luego de responderse historias, chats eternos, películas compartidas con el “modo fiesta” de Netflix, no daban más de ganas de verse. Pero el chico en cuestión no era de Córdoba, sino de Unquillo. Y moverse de una ciudad a otra sigue siendo un problema.

Igualmente, él no aflojó en sus ganas de conocerla. Ni lento ni perezoso, consiguió trabajo de taxista (rol en el que se había desempeñado antes) y fue la forma de entrar a la Capital y, finalmente, verla. 

Luego de esa odisea, por ridículo que suene, aún les quedaba un obstáculo que sortear. Como la casa de Carla era el único lugar que tenían para encontrarse, debían hacerlo cuando el papá de ella no estuviera. Por suerte, el señor seguía trabajando normalmente. 

Pero la cuarentena no afloja, y ellos tampoco. El chico decidió desbloquear un nuevo nivel de la relación y, con la misma diligencia que había encontrado la forma de verla antes, alquiló un departamento en Güemes y ahora pasan juntos casi todos los días. 

Historias de amor

Volviendo a Facundo, el del Rapipago, no quedó todo ahí. Pasados algunos días, él la invitó a cenar a su casa. Como habían hablado de ir a un restaurante muy conocido de la ciudad, y no era posible en ese primer momento de cuarentena, decoró su comedor como aquel lugar y lo bautizó con un juego de palabras entre el nombre de la cadena y el suyo. Esa noche la pasaron juntos y ahí comenzó su relación. 

La reapertura de los bares permitió los encuentros. (Facundo Luque/ La Voz)

“Estábamos muy relajados porque había cambiado nuestra rutina de trabajo. De repente, no había horarios para nada. Eso fue muy liberador para lo sexual y, en general, no tener que preocuparse por llegar a algún lado. Nos permitió disfrutarnos un montón, también aceleró muchas cosas. Normalmente, con alguien te ves una o dos veces a la semana, y ahora podíamos hacerlo todos los días”, cuenta.

“Empezamos a salir y nos estamos conociendo en esto de tener horarios. Pero ese primer tiempo, sin obligaciones, siento que no lo tenía desde las vacaciones de mi adolescencia”, reflexiona. 

Benjamín, de 26 años, también vivió la cuarentena como una oportunidad para reencontrarse con su amor de secundaria. En 2011 se conocieron y se hicieron amigos en la escuela, unidos por “la incomprensión social” que él y ella sufrían por sus gustos e intereses, diferentes a los de sus compañeros. A lo largo de los años siempre fueron “más que amigos” y, a pesar de las idas y vueltas, nunca formalizaron una relación. 

Luego se distanciaron, se reencontraron, y durante marzo y abril tuvieron un gran flujo de conversación virtual. En mayo, una situación totalmente inesperada les llegó como caída del cielo: ella se mudaba y se iba a vivir a apenas algunas cuadras de su casa. Fue la clave para que volvieran a verse y para una ansiada reunión que fue “muy romántica y apasionada”. Desde ese momento, comparten gran parte de sus días juntos y esas rutinas que crearon (“nos juntamos temprano, cocinamos, etcétera”) hacen que la opción de salir a los bares no les sea más “interesante” que la de quedarse en casa. 

“Sin la cuarentena, la relación no hubiera sido la misma”, afirma. Nunca pensó que le estaría agradecido a la pandemia.

Edición Impresa

El texto original de este artículo fue publicado el 1/08/2020 en nuestra edición impresa.

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